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El fin de los días grises

Troppo vero... un episodio de mi vida

Andrés Trapiello es, aparte de un elegante y magnífico escritor, un buen amigo. Sobre todo de mi hermano. Lleva años publicando una serie de diarios bajo el título común de "Salón de los pasos perdidos". En el tomo dieciséis, el correspondiente al año 2002, "Troppo Vero", hay un episodio dedicado a mi hermano, y por ende a mi padre. Es totalmente verídico lo que cuenta, y por primera vez doy detalles de la triste muerte de mi padre. Qué mejor que la magnífica pluma de Andrés para ello. Gracias.

"Le llamaba al móvil porque surgió un problema con el correo del ordenador. Las averías en domingo adquieren una proporción colosal. Si los días de diario le agobian a uno los percances domésticos, qué decir cuando ocurren en domingo.
Se atosigaba uno por no poder enviar el artículo al periódico y el tósigo le parecía verdadero atracón. Nuestro joven informático raramente se molesta en coger el teléfono y ha de perseguirle uno como a un fontanero. Las posibilidades de encontrarlo era inexistentes, porque suele dedicar esa mañana a alguno de los deportes arriesgados que le gusta practicar, colgarse de un parapente, subirse a una bicicleta de montaña o meterse en una piragua monóxila en busca de su petroglifo. Así que la primera sorpresa fue oírle al otro lado del móvil.
Estamos en el hospital, me informó. Su voz rota hablaba de la gravedad de la situación. Mi padre se muere, declaró consternado. Sí, es, dijo, un hombre joven. La víspera habían avisado del hospital a su padre, en lista desde hacía meses a la espera de un hígado idóneo, para hacerle el transplante. Había acudido al hospital toda la familia con enorme ilusión, el paciente incluido la tenía, porque así se la habían transmitido los médicos. Había llevado hasta entonces la vida de esa clase de enfermos, con todas sus limitaciones físicas, pero plenamente conscientes, integrados, más o menos, a las rutinas domésticas y familiares. Pero las cosas no habían salido como esperaban. Había rechazado el primer hígado, y en el momento de mi llamada esperaban el milagro de que apareciera otro donante, sabiendo que el primero había tardado ocho meses en aparecer. De no producirse en las cinco horas siguientes, moriría. Veinticuatro horas antes estaban todos ellos convencidos de que todo saldría bien. Tiene cincuenta y nueve años, sólo diez más que yo. Me parecieron tan pocos esos diez años, que me embargó la tristeza y la angustia. La sensación de intromisión fue completa y puso de inmediato en verdadera nimiedad y ridiculez mi tonta contrariedad. Le pedí excusas como pude. Él, sin embargo, se demoraba en explicarme los detalles de la enfermedad, me dijo, como se le hablaría a un niño, no te preocupes, esto me distrae algo. Se pensaría que contándolo pormenorizadamente estaba engañando al tiempo, al plazo inexcusable de esas cinco horas, que trataba con cotidianidad banal que transcurrieran mucho más despacio. Tenía una hepatitis desde hacía dieciséis años. Cuando mi amigo quiso saber qué le ocurría a mi ordenador, si era grave la avería, no quise ni siquiera describírsela.
Hace un rato me telefoneó A., por quien nos conocimos, para decirme que el padre había muerto.
Cuando telefoneé a su hijo, me confirmó que a las cinco horas le desconectaron. En ese “desconectaron” está lo más terrible, como si su padre fuese uno de esos astronautas a los que se les rompe el cordón que les mantiene unidos a la nave y a la vida, y le ven alejarse lentamente, como un muñeco hinchado, con los brazos y las piernas en aspa, condenado a dar vueltas eternamente por el espacio. Luego pensé que lo que creemos satélites en las noches de verano, brillando intensamente durante unos minutos, acaso no sean más que algunos cosmonautas, y me hizo sentir por esa breve luz una piedad que jamás había sentido.
Hoy me contó que su padre tenía cáncer de hígado y que le habían dado un plazo máximo de tres meses de vida. Pero quizás porque ese plazo era tan corto, su esperanza se vio reforzada. No sé si tenía dolores. Entró por su propio pie en el hospital, bromeando, animando a su mujer y a sus hijos. Tampoco sé si se despidió de ellos en la habitación antes de entrar en el quirófano o si aún pudieron hablar algo después de la operación. Es decir, si se quedó dormido antes, si hizo el tránsito hacia la muerte por la puerta del sueño y de los sueños, puesto que pensaba que saldría del quirófano con vida para unos cuantos años, o si tuvo tiempo de entristecerse aún más, de saber aún más.
Apenas conocía a su familia. Algo a su hermana y a su madre, que tenía una fotomecánica en la calle Barquillo. Trabajaban todos en aquel negociejo. Nuestro amigo dejó los estudios creo que con catorce o quince años, porque desde los once se dedicaba a destripar ordenadores, fascinado por esas cirugías. Ahora se siente uno parte de ese dolor, y el dolor viene a ser como una sangre común que nos hace a todos de la misma familia. El revés, la fatalidad, es un vínculo más fuerte que otros. Nos hace iguales a todos los hombres, mucho más que la muerte. La maldición evidente, más que la probable o improbable salvación.
Después de hablar con A., salí a dar un paseo yo solo, sin rumbo fijo, por ahí, mirando sin ver, oyendo sin oír, sintiendo sin camino, como si fuese por un páramo campo a través".
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4 comentarios

Silvia -

Antes, entonces y ahora estoy a tu lado. Me gusta.

Cris -

Un buen escritor es aquél que te hace sentir personaje de una historia que no has vivido. Me ha transmitido tristeza.
Pero sé que por estar ahora más unida a vosotros, por escuchar cuando habláis de vuestro papá con tanto amor, impotencia y rabia por la equivocación, lo siento todavía más.
Ha sido corto, pero estará orgulloso de la familia que ha formado. El regalo que él os ha dejado es la unión que tenéis ahora y que seguro le hace feliz ;)

Dani -

Conocía la enfermedad de tu padre pero nunca había escuchado todos los detalles. Por un breve espacio de tiempo te he sentido cerca, he sentido tu dolor. Estoy algo triste como si todo eso hubiera ocurrido esta misma mañana. Imagino que igual que lo que te sucede a ti cuando le recuerdas.
Un beso. Os estamos esperando con los brazos abiertos.

Miguelito -

:)
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