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¿Adiós Málaga?

Ha llovido toda la noche y, aunque a veces al sol le da por asomarse, tiene pinta de que en breve volverán a caer gotas de agua sobre el suelo de Málaga.

A mi estancia en esta ciudad maravillosa le quedan horas. Me he ido y vuelto en varios ocasiones durante las últimas semanas -conozco cada línea de la carretera, cada curva, cada interminable obra-, pero ahora sí tengo la sensación de que llega el momento de la despedida.

Suena Supersubmarina, herencia de mi amigo P. y de mi reencontrado M.

Me ha hecho feliz haber dado el paso (ambos lo hemos dado), de ser más claros y enfrentarnos a nuestros errores. El pasado fue glorioso en unión, y mi presente y futuro quiero que se impregne de sus cuadros, sus ideas, sus locuras y sus abrazos, que los echo de menos como pocas cosas. Espero que el reencuentro virtual pronto de paso al físico, al real. Love u.

Por otro lado la casa ya empieza a ser un lugar menos "amistoso". Cajas, bolsas, maletas, huecos vacíos.

Pensando en dejar cosas, en recoger otras, en llevarme tal o cual. Pero sin olvidar que esta siempre será nuestra casa, y que volveremos una y mil veces, buscando el calor que siempre nos ha dado, incluso en las noches más frías del invierno.

Nos vamos, pero nunca nos iremos del todo. Entre otras cosas porque seguiremos viniendo muy a menudo. Porque el fútbol y los amigos seguirán siendo excusa perfecta para pisar la playa, o ver atardecer a través de la ventana de mi salón.

Y yo vuelvo a casa. Paradoja. Dejo mi casa, vuelvo a casa. Uno nunca sabe de donde es desde el momento en que abandona el hogar. Ahí empieza la indefinición, el sentirse extraño en todos lados, el sentirte "extranjero".

Soy de allí, pero también un poco de aquí, y quizás ya de ninguno de los dos sitios.

No importa. Sólo busco una cosa: la felicidad, y el lugar no me importa, sólo me importa que al final de la noche llegue el abrazo suyo. Ahí está mi felicidad.

¿Dónde está el paraíso?

Puede ser en una isla desierta, de aguas cristalinas y arena fina.

Quizás sea en una ciudad estratosférica, repleta de lujos y rarezas.

Tal vez en un pueblo escondido, vacío, oculto de todo, ruidos y asfalto, donde aún las estrellas brillan.

En cualquier caso, para mí el paraíso está sólo donde estás tú.

Donde se para el tiempo y las sonrisas vuelan. 

03/09/2010 17:49 elfindelosdiasgrises Enlace permanente. Paranoias No hay comentarios. Comentar.

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Lo que no ves

 

Cuando el refugio es una canción, a falta de abrazos.

Cuando las sombras acechan detrás de cada esquina.

Cuando no sabes si lo que haces es o no es correcto.

Y cada tropiezo es una mirada hacia atrás.

Y esas sombras te agarran los hombros.

Entonces tiemblas. Algo falla, pero no sabes qué es.

No hay palabras que lo expliquen, y las miradas opacas ya no transmiten más.

Tengo miedo, no sé a qué, ni a quien, tal vez a mí misma. 

Pero me asusta todo. Hay un abismo que no consigo comprender.

Nos quedan días de verano

Málaga, Madrid, Nueva York, Boston, Niágara, Toronto, Ottawa, Montreal, Washington, Denia.

Las ciudades de mis vacaciones. Destinos diferentes para momentos distintos.

Mis ojos llenos de paisajes han dejado sin voz a mis cuerdas vocales y sin tinta a mis bolígrafos. 

El verano está siendo inolvidable. Y aún queda mucho, aún queda tanto. Nos quedan días de verano.



04/08/2010 13:49 elfindelosdiasgrises Enlace permanente. Paranoias No hay comentarios. Comentar.

El agua de la vida

Llegas a Brooklyn, después de más de una semana viajando sin casa fija, y por fin abres la maleta sabiendo que no tienes que andar haciéndola y deshaciéndola día tras día. Siete noches enteras, ocho días, en esta habitación pequeña pero acogedora de Bedford Ave, un enclave idílico, por el barrio en el que está, la gente que lo compone, los sitios que encuentras.

Sales a pasear para hacerte una primera idea, y porque después de visitar Boston, Niágara, Toronto, Ottawa, Montreal y Washington necesitas parar, pasear, relajarte mirando calles, sin camino fijo.

Y te encuentras con una de esas imágenes que has visto mil veces en una película americana: una boca de riego rota, el agua saliendo a borbotones, la gente mojándose. Y llega uno que parece saber mucho de ésto y con una lata obra el milagro y el agua se dirige al punto al que él quiera, con una fuerza y una altura tremenda.

Y las carcajadas se suceden mientras se ve el episodio, y todos, niños y mayores, se mojan, nos mojamos, nos reímos y deseamos que el espectáculo continúe.

Y es ahí, justo en ese momento, cuando envidio esa sensación de barrio que hoy he tenido en Brooklyn, con gente chocándose la mano, llamándose unos a otros para que no se perdieran el espectáculo. Un buen rollo que me ha contagiado y que he deseado tener para mí. Escuchando a latinos hablar inglés, latinos hablar castellano, americanos hablar español. Feliz, sin más.

La aventura en la Gran Manzana por fin comienza. Ya ha comenzado. Y mañana viviré con dos de los mejores periodistas de baloncesto de España uno de los mayores espectáculos de fútbol para nuestro país. Qué paradoja. Qué felicidad.

8 años

20100618194123-img.jpg

8 años, dos mundiales de fútbol, ocho años de ausencia, de rabia, de pesar, de preguntas sin respuesta.

 Y toda la vida para seguir recordándote.

 Nunca faltas, aunque ya nunca estás.

 Te quiero papá

Regreso a casa

Suena la tele en la terraza, alta, la voz del hombre del telediario. Noticias sin final feliz, noticias repetidas hasta la saciedad, ya cansinos.

En mi habitación, a escasos metros, suena otra televisión. En esta ocasión el comentarista narra un partido de baloncesto, una nueva oportunidad de soñar con la victoria.

No puedo centrarme. No oigo mi tele, no escucho la suya, pero está a mi lado.

Y el baloncesto no tiene importancia si miro sus ojos y veo que está feliz. Que tampoco ve la tele, ni escucha la voz del hombre del telediario, sino que está pensando que en pocos metros tiene a lo que más quiere del mundo: sus hijos.

Quizás la cama en la que estoy tumbada no es la más cómoda. La tele que miro no es la más grande. Los ruidos que se mezclan no son lo mejor. Pero están mi hermano y mi madre en unos metros. Y eso consuela, rellena un corazón que a veces parece ir desgastándose.

Sus risas anoche, mientras le contaba una anécdota tonta. Sus abrazos mientras yo lloraba por mis paranoias. Su voz de apoyo, de consuelo, de amor incondicional. Nuestras conversaciones a tres bandas, hablando del Inolvidable, del nexo de unión, de mi padre, tan ausente y tan presente.

El regreso a casa no es cómodo, un viaje en coche durante casi 6 horas por unas obras en la carretera, a 33º y sin aire acondicionado. Pero todo merece la pena. Sus abrazos, su felicidad, sus ojos de "enamorada" de sus hijos.

En breve vuelvo a mi otra casa. Otro viaje incómodo, en un autobús, casi 7 horas. Pero llegaré y estará mi D., mi "otro yo", el que me completa del todo ese corazón que se va desgastando con los afectos (o con la falta de ellos). Soy una afortunada, aunque la distancia complique un poco la felicidad completa.

Pero, ¿quién dijo que vivir era fácil?

Siempre regreso a casa, en uno u otro lugar, siempre regreso a casa.

Lost provoca locura. Un ejemplo



Los fanáticos de Lost, los "losties" sabemos valorar como nadie este vídeo.

El resto puede que también os quedéis locos viendo al niño este dar golpes como loco. ¿Qué le pasará?
25/05/2010 16:25 elfindelosdiasgrises Enlace permanente. Paranoias No hay comentarios. Comentar.

Sin palabras

No tengo palabras, para bien ni para mal. Se me han agotado.
17/05/2010 11:59 elfindelosdiasgrises Enlace permanente. Paranoias No hay comentarios. Comentar.

Cuaderno de viaje: Milán, Berlín y Oslo



En estos días de caos aéreo, de cenizas y aeropuertos saturados, de otros aeropuertos vacíos, echo la vista atrás y pienso: "menos mal que no me sucedió lo mismo".

Salimos un domingo a las 6 de la mañana desde el aeropuerto de Barajas, Madrid, gracias a nuestros taxistas más amistosos, jaja, a nuestros grandes amigos, S. y D. Siempre dispuestos, con la sonrisa puesta incluso a las 4:15 de la mañana. Llegamos tras un buen vuelo a Milán (bueno, más bien a Bérgamo). Y a eso de las 8:15 estábamos camino de la ciudad, subidos en un autobús.

Milán nos recibió lluviosa, y así siguió todo el día. Ciudad señorial, elegante, revestida de un clasicismo y un toque especial, pero breve. Intensa, pero breve. Imprescindible el Duomo. Maravilloso nuestro billete para todo el día (il giornalino, si no me equivoco), por 3€, permitiéndonos movernos por la ciudad como quien da un paseo por el pasillo de su casa (eso para quien tenga una casa grande, claro, que en la mía no se dan muchos paseos). Fue un día duro por lo que decía de la lluvia, que no se detuvo ni un minuto, ni nos dejó un pequeño respiro. Empapados, cansados, derrotados, nos dirigimos al aeropuerto por la noche, para dormir ahí, ya que salíamos a las 6 de la mañana de nuevo, destino Berlín.
La noche en el aeropuerto fue realmente compleja, porque los italianos se empeñaron en "maltratar" a todos los futuros viajeros que allí estábamos. Una pena.
Lo mejor de Milán: la pizza y el helado de la comida, Il Duomo, la elegancia y lo fácil que es pasear por ella.
Lo peor de Milán: la incesante lluvia, la escasez de sitios que visitar con un día tan desapacible y que Luini's estuviera cerrado. Me quedé sin probar el Panzerotto!

Berlin. Poco más de las 8 de la mañana. Por fin no hay lluvia, un frío moderado y un viento algo incómodo en ocasiones, pero todo superable. Con nuestra mochila a cuestas logramos -tras indicaciones de la chica de información, que para eso está- subirnos a un tren regional que nos dejó en la mítica Alexander Platz (gloriosa canción por otro lado de Franco Batiatto, que encabeza este blog). De ahí a nuestro hostel apenas 10 minutos, genial. Pero al llegar ahí no teníamos aún la habitación lista, así que nos aseamos y nos marchamos a conocer esta histórica ciudad. Como apenas teníamos un día decidimos subirnos a un autobús de estos que te dan vueltas por la ciudad durante todo el día. Pues aparte del autobús caminamos como locos, lo que se sumaba a los kilómetros que habíamos hecho el día antes. Mortal. Y recomendable 100%
Volveré a Berlín sin duda. Aunque más días. Un lugar lleno de historia por cada rincón, por cada calle, mezcla de culturas y colores, de modernidad y antigüedad. Mínimo cuatro días más, vaya.
Lo mejor de Berlín: los precios, lo cosmopolita que es, los currywurst que compras en la calle y que están tremendos y que es una ciudad monumental.
Lo peor de Berlín: el cansacio acumulado y lo grande que es (inabarcable en tan poco tiempo).

Oslo. Llegamos a la capital noruega sobre las 3 de la tarde, creo. Por fin teníamos dos días por delante, sin tener que coger otro avión, jaja. Y en contra de lo que imaginábamos fue la ciudad donde menos frío pasamos. Se notaba por la nieve acumulada que había nevado hacía muy muy poco, pero nosotros tuvimos un tiempo privilegiado. Oslo es una ciudad pequeña, fácilmente paseable (si no fuera porque ya no sentíamos los pies) y realmente bonita. Su belleza es algo inusual, y sobre todo desconocida. Aluciné con Oslo, con sus calles, con sus vistas, con su orden, con su “cada cosa en su sitio”, y con su excelente transporte público. Supimos llegar sin muchos problemas a nuestro hostel, el más barato de la ciudad (lo que es un reto en una de las ciudades más caras del mundo), y descansar, soñar, reír, porque era nuestro último destino en el viaje express por Europa y todo había salido perfecto.
Conocimos Oslo de forma bastante completa para el tiempo en que estuvimos, gracias sobre todo al Oslo Pass, uno de esos billetes que sirven para todos los transportes públicos, museos y demás. Disfrutamos a muerte con las salchichas que venden en cualquier tienda, en cualquier esquina, y que prácticamente fue nuestro sustento (lo que la economía nos permitía). Y celebramos en Oslo nuestro 6º aniversario, nuestro sexto 7 de abril. Precioso escenario para un día que debe ser siempre santificado por nosotros.
Lo mejor de Oslo: sistema de transportes rapidísimo, la limpieza y el orden, los paisajes y sus calles, la sensación de calma.
Lo peor de Oslo: sólo se me ocurre una, es insultantemente cara. Por lo demás, supongo que en otro momento del año será horrible el tiempo, pero nosotros tuvimos suerte.

Como comentaba, dos días después nos marchamos de nuevo a Rygge, localidad cercana a Oslo, donde está su aeropuerto para vuelos económicos (sino de qué íbamos nosotros a ir a Oslo?). El vuelo salió a tiempo y llegó con adelanto, después de soportar a una decena de borrachos como nunca he visto en un avión. Si no se dejaron mil euros en bebidas durante el vuelo no se dejaron ninguno. Horrible.

Pero llegamos a Málaga. Y pudimos descansar, y hacer balance, y sentirnos felices por haber compartido de nuevo un viaje y que todo saliera tan bien. Qué maravilla de viaje, y la mejor de la compañía siempre: Él. Gracias por ser mi compañero, en los viajes y en la vida. Dame la mano siempre.

19/04/2010 19:36 elfindelosdiasgrises Enlace permanente. Paranoias No hay comentarios. Comentar.

¿Quién soy?

20100319175525-dsc-0162.jpgHay momentos en los que, cuando conoces a alguien, no te paras a preguntar qué ha hecho los 25 años anteriores de su vida.

Conoces a esa persona en un entorno y piensas que toda la vida estuvo ahí, haciendo lo mismo y con la misma gente.

Pero todos tenemos un pasado. No es una amenaza, ni pretendo que el CSI nos investigue. Sólo os voy a intentar responder con unas pinceladas a una pregunta: ¿quién soy?

Nací en Madrid, hace treinta y pico años. El pico es irrelevante, bueno, o no. 33, sin paños calientes.

Desde siempre fui lo que se puede considerar una "buena niña". No me metí en problemas, nunca. Lloraba mucho, muy apegada a los míos, tímida hasta lo peligroso, extremadamente vergonzosa (en eso no he cambiado mucho). Mis rizos, casi tirabuzones, dejaron paso a un pelo liso, castigo de unas tijeras.

Siendo muy pequeña ya me dedicaba a grabar en mi habitación programas de deportes, en los que simulaba las voces de todos los personajes. Mis padres me escuchaban a través de las puertas, y supongo que ellos ya tenían claro lo que ni yo pensaba todavía: "esta niña tiene vocación".

Saqué notas normales, no sobresalía, aunque siempre mis profesores me tuvieron simpatía.

Las amigas del colegio siguen a día de hoy siéndolo, en un número pequeño, pero maravilloso. Nunca he necesitado reencuentros con ellas, porque nunca nos hemos separado.

Tengo un hermano, y un "casi hermano", al que conozco desde los tres años. Decenas de primos, decenas de tíos y tías. Ya ningún abuelo.

Mis padres eran personas humildes, trabajando para sacar adelante a sus familias desde pequeños, con unas vidas tan difíciles como todas las de los "hijos de la posguerra".

Educada sin religión imperante, sin demasiada dureza, pero siempre marcando los pasos con un hecho: respeto. Es lo que más me enseñaron en mi casa, respeto.

Como decía, sacaba notas normales, en mi colegio del barrio de Moratalaz, San Martín. También normales en BUP y en COU (que lo estudié en el nunca bien recordado por mi parte Colegio de Nuestra Señora del Pilar, en C/Castelló). Con un buen examen de selectividad me quedé a una décima de alcanzar mi sueño de estudiar periodismo... o eso parecía, pero ese año la nota de corte bajó de 6.50 permitiéndome así poder entrar en la Universidad Complutense de Madrid, carrera de Periodismo.

La estudié en sus cinco años correspondientes, siendo la última promoción del Plan Antiguo. Costó al final, porque ya lo compaginaba con trabajar (bueno, eso desde 2º), pero sirvió para conocer a gente que aún forma parte vital de mi existencia.

Como comentaba, mientras estudiaba empecé a trabajar. Iba los fines de semana a Chinchón -un precioso pueblo- a hacer un programa deportivo, en Radio Libertad. Una radio pequeña, perteneciente a Ruiz Mateos, que fue mi trampolín para cumplir todos y cada uno de los sueños que de pequeña tenía mientras grababa mis imaginarios programas.

De tan sólo unos fines de semana allí, pasé a colaborar más asiduamente: iba a cubrir los entrenamientos del Atleti, del Madrid, a hacer pie de banda a algunos partidos, a eventos de fútbol-sala, atletismo, rallies incluso. Espectacular.

Luego empecé a trabajar de forma diaria (y cuando digo diaria digo de lunes a domingo, jaja, sin cobrar un duro). Presentando, editando, dirigiendo programas. De comentarista en partidos de Madrid, Rayo y Atleti, en Champions, Uefa, viajando con los equipos (desde viajes a Zaragoza, Oviedo o Andorra, hasta pisar el mítico Old Trafford de Manchester, saludándome el mayor ídolo que siempre he tenido: Míchel).

Además, estuve durante dos años yendo a narrar cada uno de los partidos de Liga ACB que jugaban Madrid, Estudiantes y Fuenla, incluso la fase final de la Copa del Rey en Valencia.

Durante dos años estuve en Telemadrid Radio (u Onda Madrid), yendo cada domingo a los pequeños campos de la Comunidad de Madrid a contar los partidos de equipos de 2ªB y 3ª división, y también algún partido de basket. Y entre una cosa y otra Radio España me ofreció un puesto para un programa deportivo, me dijo que estaba contratada y luego me dieron la patada. Años después descubrí que fue porque era mujer. Pero bueno, ese programa para el que iba a trabajar lo llevaba el mismo tipo que en Radio Libertad fue mi jefe y me dejó a deber dos mensualidades. Pequeñas tretas de la pobre gente.

En fin, muchas más cosas se quedan en el tintero. Con ésto quiero decir que cumplí todo lo que siempre quise hacer, con menos de 25 años.

También durante cuatro años trabajé en una revista de diseño gráfico, Visual, que me permitió ver otro estilo de hacer periodismo. Pero no era lo mío, y encima se cruzó en mi vida un loco malagueño que me hizo dar la vuelta a todo, dejar casa, trabajo, amigos y familia, y marcharme a Málaga.

Y de eso hace ya cinco años. Cuatro trabajando en una empresa como teleoperadora (aunque básicamente también ahí he hecho de todo), y cuatro en mi piso. Toda una experiencia.

Los resúmenes son siempre un poco vacuos. Lo reconozco. Éste está hecho con prisas y ganas de explicar en una pincelada quién soy. Entre medias se pierde quizás lo más importante, explicar cómo soy, pero eso sería algo muy arduo, y es preferible dejarlo para otro momento.

Mi vida laboral. Es lo que ha centrado mi escrito de hoy. Y lo he hecho así porque quiero que a nadie le quepa la menor duda: he hecho en mi carrera profesional justamente TODO lo que quería hacer. Nada se me ha quedado en el tintero. Lo dejé porque no me compensaba para mi vida, pero lo hice, y creo que lo hice bien. Y eso es suficiente para que nunca nadie pueda pasarme por encima, ni intentar pisarme. Porque los que me conocéis bien sabéis que para mí el trabajo es sólo una forma de vivir. Ni dignifica ni te hace mejor ante nadie. Ni el trabajo, ni los estudios, ni lo que tienes. Me da igual todo eso.

Uno es lo que ha vivido, lo que le han enseñado, lo que ha querido, lo que ha merecido. Yo soy todo lo que sufrí para cumplir con mis sueños, y por eso jamás en mi vocabulario existirá la palabra "fracaso". Se fracasa en la vida, no en el trabajo. Y yo en la vida quiero y voy a ser una triunfadora. Que por mí no quede... ¿y tú quién eres?

Troppo vero... un episodio de mi vida

Andrés Trapiello es, aparte de un elegante y magnífico escritor, un buen amigo. Sobre todo de mi hermano. Lleva años publicando una serie de diarios bajo el título común de "Salón de los pasos perdidos". En el tomo dieciséis, el correspondiente al año 2002, "Troppo Vero", hay un episodio dedicado a mi hermano, y por ende a mi padre. Es totalmente verídico lo que cuenta, y por primera vez doy detalles de la triste muerte de mi padre. Qué mejor que la magnífica pluma de Andrés para ello. Gracias.

"Le llamaba al móvil porque surgió un problema con el correo del ordenador. Las averías en domingo adquieren una proporción colosal. Si los días de diario le agobian a uno los percances domésticos, qué decir cuando ocurren en domingo.
Se atosigaba uno por no poder enviar el artículo al periódico y el tósigo le parecía verdadero atracón. Nuestro joven informático raramente se molesta en coger el teléfono y ha de perseguirle uno como a un fontanero. Las posibilidades de encontrarlo era inexistentes, porque suele dedicar esa mañana a alguno de los deportes arriesgados que le gusta practicar, colgarse de un parapente, subirse a una bicicleta de montaña o meterse en una piragua monóxila en busca de su petroglifo. Así que la primera sorpresa fue oírle al otro lado del móvil.
Estamos en el hospital, me informó. Su voz rota hablaba de la gravedad de la situación. Mi padre se muere, declaró consternado. Sí, es, dijo, un hombre joven. La víspera habían avisado del hospital a su padre, en lista desde hacía meses a la espera de un hígado idóneo, para hacerle el transplante. Había acudido al hospital toda la familia con enorme ilusión, el paciente incluido la tenía, porque así se la habían transmitido los médicos. Había llevado hasta entonces la vida de esa clase de enfermos, con todas sus limitaciones físicas, pero plenamente conscientes, integrados, más o menos, a las rutinas domésticas y familiares. Pero las cosas no habían salido como esperaban. Había rechazado el primer hígado, y en el momento de mi llamada esperaban el milagro de que apareciera otro donante, sabiendo que el primero había tardado ocho meses en aparecer. De no producirse en las cinco horas siguientes, moriría. Veinticuatro horas antes estaban todos ellos convencidos de que todo saldría bien. Tiene cincuenta y nueve años, sólo diez más que yo. Me parecieron tan pocos esos diez años, que me embargó la tristeza y la angustia. La sensación de intromisión fue completa y puso de inmediato en verdadera nimiedad y ridiculez mi tonta contrariedad. Le pedí excusas como pude. Él, sin embargo, se demoraba en explicarme los detalles de la enfermedad, me dijo, como se le hablaría a un niño, no te preocupes, esto me distrae algo. Se pensaría que contándolo pormenorizadamente estaba engañando al tiempo, al plazo inexcusable de esas cinco horas, que trataba con cotidianidad banal que transcurrieran mucho más despacio. Tenía una hepatitis desde hacía dieciséis años. Cuando mi amigo quiso saber qué le ocurría a mi ordenador, si era grave la avería, no quise ni siquiera describírsela.
Hace un rato me telefoneó A., por quien nos conocimos, para decirme que el padre había muerto.
Cuando telefoneé a su hijo, me confirmó que a las cinco horas le desconectaron. En ese “desconectaron” está lo más terrible, como si su padre fuese uno de esos astronautas a los que se les rompe el cordón que les mantiene unidos a la nave y a la vida, y le ven alejarse lentamente, como un muñeco hinchado, con los brazos y las piernas en aspa, condenado a dar vueltas eternamente por el espacio. Luego pensé que lo que creemos satélites en las noches de verano, brillando intensamente durante unos minutos, acaso no sean más que algunos cosmonautas, y me hizo sentir por esa breve luz una piedad que jamás había sentido.
Hoy me contó que su padre tenía cáncer de hígado y que le habían dado un plazo máximo de tres meses de vida. Pero quizás porque ese plazo era tan corto, su esperanza se vio reforzada. No sé si tenía dolores. Entró por su propio pie en el hospital, bromeando, animando a su mujer y a sus hijos. Tampoco sé si se despidió de ellos en la habitación antes de entrar en el quirófano o si aún pudieron hablar algo después de la operación. Es decir, si se quedó dormido antes, si hizo el tránsito hacia la muerte por la puerta del sueño y de los sueños, puesto que pensaba que saldría del quirófano con vida para unos cuantos años, o si tuvo tiempo de entristecerse aún más, de saber aún más.
Apenas conocía a su familia. Algo a su hermana y a su madre, que tenía una fotomecánica en la calle Barquillo. Trabajaban todos en aquel negociejo. Nuestro amigo dejó los estudios creo que con catorce o quince años, porque desde los once se dedicaba a destripar ordenadores, fascinado por esas cirugías. Ahora se siente uno parte de ese dolor, y el dolor viene a ser como una sangre común que nos hace a todos de la misma familia. El revés, la fatalidad, es un vínculo más fuerte que otros. Nos hace iguales a todos los hombres, mucho más que la muerte. La maldición evidente, más que la probable o improbable salvación.
Después de hablar con A., salí a dar un paseo yo solo, sin rumbo fijo, por ahí, mirando sin ver, oyendo sin oír, sintiendo sin camino, como si fuese por un páramo campo a través".

Mirando hacia delante

Casi ni me acordaba de que tenía un blog.

Hubo una época sin redes sociales en la cual podíamos dedicar nuestro tiempo libre a escribir.

Hoy en día somos cada vez más esclavos de internet.

Por ejemplo: anoche durante una hora o así un corte me dejó sin internet ni teléfono fijo.

Eso fue como si hace unos años me hubieran quitado el bocata de mortadela o el sandwich de nocilla para merendar. Ahora apenas tomo bocatas de mortadela, y los de nocilla prefiero limitarlos a los grandes encuentros con mis viejas amigas, pero siempre los recuerdo como imprescindibles en mi pasado.

Ahora mismo internet es imprescindible en mi presente. La distancia con la gente, -cada vez mayor, y no sólo por distancia física,- se ve recortada gracias a inventos como el Facebook, el Tuenti (del que no soy nada partidaria), y del Twitter. Cada uno de ellos ofrece una opción diferente de comunicación, sencilla, simple, breve, que se corresponde con los tiempos que vivimos, de escasas conversaciones y nula apertura de sentimientos.

Pero bueno, yo soy partidaria de todos estos avances. Lo fui del móvil cuando apareció, aunque muchos lo vieran como un elemento esclavizador y alienante; lo fui del messenger, del blog, y ahora de todo lo demás.

Porque lo importante es saber usar los medios, y aprovecharse de los avances tecnológicos, no poner muros a la evolución de la comunicación.

Porque vivo para comunicarme, de una u otra manera, y ahora me hago "escuchar" por más gente.

Porque así tengo cerca a todos los que necesito sentir a mi lado en momentos difíciles (y los de ahora lo son, aunque pongamos buena cara).

Y por todo ello mueestro mi máximo apoyo a las redes sociales, bien utilizadas y gestionadas por cada uno de nosotros. Si siempre y todos hubiésemos estado temerosos de la evolución seguiríamos viviendo en cavernas. Yo personalmente prefiero vivir en mi casa, al amparo de mi techo en una tarde-noche de nuevo lluviosa.

Me dijeron hace ya casi cinco años que aquí siempre brillaba el sol.
Hasta eso evoluciona...

Al 2010

Al 2010 le pido que las cosas se queden como están.

Que nos inunde de salud, porque al final es lo único importante.

Que las distancias sean sólo físicas, pues esas son superables con algo de esfuerzo.

Que haya momentos de calma, paz, serenidad y bondad.

Que la gente mala que me rodea deje de hacerlo, se alejen y no me tengan ni en sus recuerdos.

Que quien me quiera me lo demuestre y no deje al azar algo tan importante.

Que los míos sigan siéndolo. Sin propiedad, sin posesión, sólo con nuestras miradas.

Que me dejen vivir mi vida sin tener que dar explicaciones de nada y a nadie.

Que nadie se meta en mis cosas.

Que mis decisiones, nuestras decisiones, salgan del corazón.

Que seamos un poco más felices...

Feliz Navidad

Sin más, ni menos.

Feliz Nochebuena.

Feliz Navidad.


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