Blogia
El fin de los días grises

Paranoias

La quietud

Estoy cansada.

Tengo ganas de tumbarme, apagar las luces, cerrar los ojos y dormir.

Pero nunca he sido capaz de dormir de un modo tan fácil.

Cerrar los ojos no es sinónimo de descanso, para mí, al contrario, siempre ha sido motivo para pensar más.

Durante el día la cabecita no para. Ideas, más ideas, sueños, canciones, personas, palabras, miedos, muchos miedos.

Y la noche trae esos miedos a primer plano.

De pequeña me costaba dormir, pensando en si habría hecho o no bien los deberes, si llevaría los libros adecuados, si el uniforme estaría limpio. Me preocupaba por cosas absurdas para una niña de apenas 9 ó 10 años.

Conforme fui creciendo las preocupaciones cambiaron. Pasé por la lógica etapa del temor a la muerte, de la incomprensión del vacío, del pánico a quedarme despierta mientras el resto de habitantes de la casa dormían.

Poco a poco aprendí que la manera de superar ese miedo era borrar de mi mente cualquier resquicio dedicado a él. Si no existe no puedo temerlo.

Hoy mis miedos son si seré capaz de cuidar como querría de mis seres queridos.

Me sale un extraño instinto protector, siempre lo tuve. Cuido de ellos como si fueran mis propias manos y los necesitara para escribir; como si fueran mis pies sin los que no podría caminar; como si fueran mis ojos que me hacen ver; como si fueran mi corazón, que me hace seguir viviendo.

A veces esa preocupación me lleva a un estado de agobio que roza lo insano, pero es inevitable.

Es entonces cuando querría dormir, y alcanzar con el sueño la paz que durante el día me cuesta ver, aunque la tengo en mí. Pastillas para dormir, en el armario de casa, disponibles pero temidas. Si las tomara solucionaría ese problema. Si lo hiciera me estaría engañando. Y si me engañara no tendría sentido que llegara aquí a contaros mentiras.

La quietud. Eso que no existe, eso que tampoco puedo temer... ni disfrutar. La quietud, mi quietud, hermosa palabra que nada expresa, porque no lo tengo.

Qué rápido se van los buenos momentos

Apago el teléfono, un gesto que pocas veces repito.

Quito el sonido de la televisión, que me trae a Patricia con su Diario y su colección de personajes desalentados.

Abro esta página para encontrar en ella los posos de un concierto maravilloso.

... y qué rápido se van los buenos momentos.

Y cómo llegan instantes de nostalgia, melancolía, tristeza, y salen corriendo cuando les miras de frente. Se esconden, y entre las sombras, en su escondrijo, sonríen, con esa sonrisa maligna de quien sabe que volverá cuando quiera.

Y miro a través de la ventana, aquella que mi madre se ha esforzado en dejar tan limpia que parece que está abierta. Y no lo está, porque si así fuera el frío congelaría mis ideas.

Miro a mi alrededor, intentando reconocer dónde estoy, quién soy, qué busco y qué he perdido.

No puedo encontrar lo que no sé que ha desaparecido.

Se agolpan las caras de los que un día fueron "mi gente", y siempre vienen con caras felices, porque no consigo recordar a nadie con cara triste. Incluso si nunca rió a mi lado pienso en cómo sería ese gesto suyo desconocido.

Me alegro de estar como estoy. De tener a quienes tengo, de no tener a quienes no tengo. Tengo lo que me merezco, ni más ni menos, sea bueno, sea malo, sea todo o sea nada.

Pienso en el adiós de nuevo, en coger el coche dirección a la A4, atravesar las obras de este parque de atracciones que es Madrid, a la búsqueda de su abrazo, a la captura de su mirada... dejando atrás lo más hondo, lo más puro, lo más sano.

Me queda más de un día y ya me duele. Cada día la despedida es más y más difícil. Los planes más innombrables y las personas menos amigos.

Se fueron las ideas, se han ido las palabras a buscar otro blog en el que escribir, por hoy.

Mañana estarán aquí -eso espero- para despedir temporalmente a los lectores cotidianos. Hasta que vuelva a Madrid o hasta que vaya a casa de D.

De nuevo mi refugio me ha abierto las puertas. Qué bien me haces sentir Blogia. Qué necesidad tengo de ti.

Todo vuelve a tener sentido.

Enciendo el teléfono, un gesto que pocas veces repito.

Pongo el sonido de la televisión, que me trae a Patricia con su Diario y su colección de personajes desalentados.

Cierro esta página donde encontré los posos de un concierto maravilloso.

... y qué rápido se van los buenos momentos.

Su mirada confundida entre ida y cruel...

Intenta escuchar mis latidos.

Quédate más de 3 segundos mirándome a los ojos, no evites mi mirada, no salgas corriendo en busca de otro tiempo pasado.

Lee mis palabras y levanta la pantalla del ordenador, para ver si detrás encuentras algo.

Toca mis dedos con la misma suavidad con que yo acaricio el teclado al escribir estas palabras.

Acaricia mi alma, quítame la máscara, descubre en mí lo que casi nadie ya tiene interés en recordar.

El pasado fue ayer, el presente no existe, el futuro será siempre el camino.

No es un imperativo, o tal vez sí. No hablo a nadie, te escribo a ti, a quien lee esto, a quien me busca en mis palabras, a quien ha llegado a entender mi manera de ser feliz.

Fena Della Maggiora es la voz que me susurra al oído vocales y consonantes unidas por un hilo en forma de nota musical.

Y D. dibuja sueños y utopías, con gotas de poesía... buscando un ideal...

Recuerdos del narguile

Ayer fue un día raro, que acabó entre risas y buenos amigos, unas pizzas, una presentación "oficial" y muchas anécdotas de los abuelos cebolletas que ya somos.

A la hora de la comida conocí a un gran tipo, una de esas personas cuya mirada es limpia y sus palabras inteligentes, y con esas premisas y un poco de narguile completamos unas horas muy agradables.

El narguile me trae a la mente buenos ratos. Era divertido y algo tétrico fumar narguile (o sisa) en uno de esos bares de Estambul rodeado de lápidas, contemplando en ocasiones vistas estupendas, disfrutando de las alfombras, del contacto con el suelo, jaja.

Me gustó fumarlo de nuevo ayer, me gustó hacerlo en compañía de D. y L.

Cádiz, Málaga y Madrid se unieron bajo los efluvios del humo. Nos reímos, y repetiremos.

Volviendo al lugar del crimen

He vuelto a Madrid.

Pasaré unos días con mi familia, con mi niño, con mis amigos, en mi ciudad, lluviosa, gris, preciosa..., en obras.

Y pasaré también la noche del viernes con Calamaro, escuchando y viendo por fin a mi artista favorito, en el Palacio de los Deportes, con D., con la música, con muchas ganas de abrir los oídos y el alma, de llenar mi espíritu de canciones y mi corazón de más esperanza.

Y el sábado veré el clásico entre los clásicos del fútbol español, el partido que cada año se espera como agua de mayo.

Los del paro me pegaron ayer el susto del siglo, hoy se ha solucionado y mi coche va camino de estar otra vez como nuevo.

Veo fotos, asimilo noticias, viajo por los recuerdos y recupero fuerzas para seguir con la búsqueda de trabajo.

No me pidas que no sea un inconsciente...

El ruido y la sonrisa

Hay quien no entiende que el ruido puede ser algo que no moleste.

Que las “venganzas frías” sólo provocan la risa.

Os sitúo: una obra en la casa de al lado, o justo encima.

Ruidos en momentos inoportunos (puede que incluso prohibidos) que te enervan, que te hacen mostrar una rabia absurda que a nada lleva. Golpeas las paredes, golpeas el suelo, pataleas, total ¿para qué? El que hace ruido va a seguir haciéndolo si está trabajando, y rara vez parará si el ruido lo hace “por amor al arte”.

Otra situación: compañera de piso que cree que va a molestar pasando el aspirador a horas que no son las más lógicas (domingos a las 9 de la mañana, sábados a las 7 de la tarde…), golpeando puertas, moviendo sillas y mesas, arrastrándolas más bien… no querida amiga, no, eso no me molesta, de hecho el ruido de la tele puede callar cualquier sonido a mi alrededor.

Sigue aspirando, sigue mostrando tu rabia, yo sonrío

Vendo, me vendo...

Crisis es una palabra dura, una palabra fea.

No fea en ella misma, sino por lo que significa.

Paro también es fea, la palabra en sí y el contenido (o el vacío).

Estar parado… qué fea expresión para una situación que generalmente no se torna en agradable. Digo generalmente porque en los últimos meses yo la he vivido y he sacado mucho partido a nivel personal a dicha circunstancia.

Estar en paro, ser un desempleado. Es feo, como la crisis.

Y lo peor es cuando, debido a ese estado temporal (Dios quiera que así sea), el estar parado provoca una crisis. Quizás esas crisis sean de las peores posibles, porque minan el “yo”, la autoestima se evapora y tú te quedas con cara de cordero degollado.

Me quedan unos meses de paro, ya pocos, y eso implica que estoy buscando trabajo desesperadamente. Ya dejé de preocuparme por buscar de lo mío (quiero decir que aunque sigo intentándolo no es vital encontrar trabajo de periodista), lo que necesito es un empleo, un medio para vivir, para quedarme en Málaga, y seguir luchando por mi historia personal.

Uy, no había caído, pero vaya lo voy a intentar: si alguien sabe de algún empleo en Málaga capital, sea del tipo que sea (siempre que la legalidad lo ampare), que se ponga en contacto con quien suscribe, o sea yo.

Me vendo, sí, me vendo, me alquilo, a nivel intelectual claro.

Mis ideas por unos euros, mis pensamientos por una ilusión, mi tiempo por una eternidad.

Vendo, me vendo…

Como la vida misma

Leo un artículo de A.T. titulado “Gracias, donaires”, y me viene a la cabeza un pensamiento que he tenido siempre.

El tiempo es escaso, a veces nos puede parecer lo contrario, pero el tiempo es muy escaso.

Por ejemplo, he pensado en la cantidad de libros que me he leído y he pensado al acabarlos “otro día me los volveré a leer”… pasa el tiempo, pasan los años, y pasará una vida y no los releeré, por una razón simple: hay millones de libros iguales o mejores que aún no he leído y debería hacerlo.

Cuando era más pequeña sí releía más libros. Aquellas ediciones juveniles que marcaron mi infancia y mi adolescencia. Libros que hoy tengo grabados a fuego en mi corazón, palabras que se quedaron metidas en mi cabeza.

Querría tener tiempo para leer más, pero sobre todo querría dedicar una parte de mi vida a releer, y sin embargo sé que no lo haré, excepto en casos muy específicos, y entonces quizás cuando acabe pensaré que no debería haberlo hecho, que aquel libro era más bonito en mi cabeza que en la realidad… como las personas, como las ciudades, como la vida misma.

Por mucho que lo quieras

Tengo una habitación muy luminosa, amplia, sin muchas cosas por medio.

No tengo cortinas, ni las quiero; prefiero levantarme con la luz del sol, mirar los montes que se asoman en la esquina, los patios de las casas.

En mi habitación tengo una televisión, un vídeo, la playstation que D. un día trajo y nos ha reportado momentos muy divertidos, un ventilador, una lámpara, un radiocasette, una mesa con una banqueta, algunos libros, unos cd’s, muchos recuerdos, mucho trasto inútil, un armario…

Todo estaría genial, de hecho todo está genial. Sólo me sorprenden las ganas nacidas en mi compañera de piso por complicarme la vida aquí. Pero no va a conseguir con unos reproches absurdos y falsos afectar estos momentos que, pese a la incertidumbre laboral, son los mejores que he pasado.

Esta vez este escrito es un pequeño grito, para quitarme la rabia del momento. Un desahogo, y me ha servido, porque cuando salga de la habitación volveré a estar como siempre. Si le gusta bien, y si no… pues lo siento por ella.

Yo soy así, y así seguiré…

Uno copiado de otro blog

Sí, lo he visto en este blog y me ha parecido maravilloso:

Una mujer ejecutiva destinada temporalmente en Londres por negocios recibe una carta de su novio desde Madrid. La carta decía lo siguiente:

Querida Beatriz:
Ya no puedo continuar con esta relación. La distancia que nos separa es demasiado grande. Tengo que admitir que te he sido infiel dos veces desde que te fuiste y creo que ni tu ni yo nos merecemos esto, lo siento. Por favor devuélveme la foto que te envié.
Con amor. Carlos

La mujer, muy herida, le pidió a todas sus compañeras de trabajo que le regalaran fotos de sus novios, hermanos, amigos, tíos, primos, etc. Junto con la foto de Carlos, incluyó todas esas otras fotos que había recolectado de sus amigas. Había 57 fotos en el sobre y una nota que decía:

Querido Carlos,
Perdóname, pero no puedo recordar quien coño eres. Por favor, busca tu foto en el paquete y me devuelves el resto.

MORALEJA: Aún derrotado... ¡hay que SABER JODER!

Preguntas, preguntas, preguntas

¿En qué ciudad que no sea la vuestra viviríais?

¿A qué amigos necesitáis cerca constantemente?

¿Es la familia una realidad o un estorbo?

¿Preferís viajar en coche o en autobús? ¿Quizás en tren?

¿Os gustan más altos o más bajitos que vosotras?

¿Creéis en el amor a primera vista?

¿Y en las relaciones a distancia?

¿Cuando pides un deseo se cumple? ¿Y si cuentas ese deseo?

¿Necesitamos tanto a las personas como creemos?

¿Alguna vez hemos sido felices?

¿Os cansáis de sonreir en alguna ocasión?

¿Llorar es un desahogo o ese es sólo un mito?

¿Cuando te duelen las piernas es porque creces, como nos decían de pequeños, o ahora ya nos duelen porque estamos mayores?

¿Por qué vivimos atemorizados por millones de cosas?

¿Puedo parar de hacer preguntas?

¿Puede alguien contestarme alguna?

Va de tríos...

Yo os dejo el enlace, vosotros haced el resto:

Crónica de un trío anunciado...

Las casualidades

En uno de esos paseos por la red una se encuentra con una sorpresa en forma de fotoblog, Mirada.

Aparte de que es interesante alberga en su interior para mí algo mejor, la autora y yo compartimos nombre y apellido. Después de intercambiar unos cuantos mails acabo llegando a la conclusión de que la vida está llena de curiosidades, teñidas de casualidades, o viceversa.

Ha sido agradable descubrirlas, y para vosotros no dudo que será muy agradable ver su fotoblog.

Cuando cada uno tiene su vida

No tiene remedio.

Es ley de vida. Unos hacemos nuestra vida, en este caso en una ciudad diferente, y el resto sigue con la suya.
Así que cuando te encuentras con ellos debes intentar coger el ritmo. Como si en una etapa del Tour un ciclista se hubiera escapado y yo intentara alcanzarle.

Mis amigas deben estar este fin de semana haciendo el Tour de su Vida. Al igual que mi madre y mi hermano.

Claro, con esas premisas, respetables al cien por cien que conste, una se vé todo el día delante del ordenador y de la televisión (porque ni siquiera se me ocurrió traerme un libro para estos días).

Miro por la ventana y me encuentro un día grisaceo. Una niebla invisible oculta cualquier atisbo de sol que me haga sonreir.

Bueno, me refugio en mis letras, en las de los demás (aunque no ofrecen mucha variedad), en noticias absurdas (como la del preso norteamericano que ha pedido que le aumenten la pena de 30 a 33 años para que coincida con el número de la camiseta de su ídolo, Larry Bird), en el comienzo de Gran Hermano 7 (qué vivan todos los programas basura!!! Qué grandes momentos pasamos gracias a su estupidez), y en buscar posibilidades laborales que no acaban de cuajar.

Quizás tenga suerte al fin y al cabo.

Quizás acabe brillando el día de alguna manera. No lo dudo, como siempre esas cosas están en mis manos, en las de cada uno de nosotros.

Con mi música a otra parte

Había olvidado que la música puede serlo todo. Que me inspira, me alegra, me llena, me vacía, me hace llorar y a veces incluso me niego a escucharla para no caer en un inmenso mundo de recuerdos a olvidar...

La música me mueve, de forma anímica, como muchas otras cosas, pero con una diferencia. Ella siempre ha estado allí. Sí. En algún momento de mi vida me movía el quedar con algún amigo/a para tomar algo, o el pasear, o el leer. También me movía el viajar, el quedarme viendo la tele o yendo a un partido de fútbol. En otro tiempo fue el trabajo el que me movía.

Ahora sé que la música siempre ha estado. Estuvo en los peores momentos (como Elefantes en el adiós a mi padre) y también en los mejores (como Bersuit en el inicio de mi relación con D.). Estuvo para encontrar amigos (mi fiel, querido y nunca justamente valorado M., quien quizás entiende esto mejor que nadie, pues así vive él la música), para despedirme de ellos, y está ahora para recordarlos.
Estuvo en los viajes, en los veraneos, en Denia y en Estambul.

Estará siempre de nuevo, siempre habrá una canción para recordar todo, porque la vida cuenta con una banda sonora personal. La mía es ecléctica cien por cien. Varía, evoluciona, involuciona, vuelve al pasado y se adelanta incluso a las modas a veces.

Hoy he escuchado Pastora y su "Vida moderna", y he recordado que hace tiempo escribí sobre este grupo. He vuelto a sentir lo mismo que entonces, he pensado en C., mi niña, la que me hizo conocer a este grupo una tarde a través del messenger.

Me gusta la música, pero la vida está llena de paradojas, y en contra de lo que suele ser habitual, hoy he cambiado una canción (suelo escribir siempre escuchando algo de música) por un partido de tenis. Nadal ha ternido más fuerza, ¿será eso lo que llaman ser mediático?

Una vez más... me voy con la música a otra parte.

En algún lugar

Voy de un lado para otro.

Hace tiempo que sólo me encuentro a gusto en un sitio.

Voy y vengo, viajo y regreso, llego y me marcho.

Y en cada viaje dejo algo, dejo a alguien, siento su mirada mientras me alejo, imagino sus lágrimas y sus pensamientos.

Vuelvo, me voy otra vez, y me resulta difícil establecerme, sentarme, tomar un café.

Extraño el tiempo para los vinitos en el Bacchus, y los fines de semana con R. en cualquier lugar.

Extraño no sentirme parte de la vida de los de antes, ni tener tiempo para crear vinculos nuevos con los de ahora.

Y sin embargo me siento bien, porque es lo que he elegido, y ante eso no hay otra cosa que sentirse feliz.

N. se casará este verano. La conocí siendo ella una niña, contando con los ojos iluminados que había conocido a J., al "Capitán E.", nos contó su ruptura, sus locuras, y su reencuentro. Este verano me ha contado que viven juntos, que ya son por fin uno solo, como siempre parecieron. Y en julio cierran la primera parte del círculo. Y yo estaré ahí...

M., S. y R. están embarazadas. Parecen haberse puesto de acuerdo para dar un paso fundamental en su vida... y en la de los que vienen.

Me siento lejos de una porque hace tiempo que no nos vemos, de la otra porque estamos lejos físicamente, y de la siguiente porque nos hemos separado, y esa es la separación más dolorosa.

Escucho a M. hablar de la ilusión y el miedo por el futuro hijo de R. y no puedo sino intentar arrancar algo de esa pasión para mí. No lo consigo. Pero también en este caso, aunque ya no seremos nunca las mismas: yo estaré ahí.

Y así me sentiré en algún lugar. En el corazón de quienes me quieren, muchos o pocos, mucho o poco.

Estaré ahí, donde me necesiten.

Estaré ahí, donde el corazón me lleve.

Estaré ahí, a tu lado, porque te lo debo.

Queman las palabras

Queman las manos, los dedos, la cabeza retumba, y las ideas fluyen.

Es entonces cuando me siento más viva, cuando las palabras acuden a mí, cuando entiendo que esto es lo que quiero hacer: escribir.

Me oprimen los nervios, me diluyo en sentimientos, sueño con los ojos que miran la pantalla por el otro lado, en todos aquellos que nunca leerán esto, en la importancia (mucha o poca) de las letras, en el enorme privilegio de tener un refugio para mi alma.

Si estoy preocupada acudo a mi teclado, aunque eso no significa que sustituya ninguna otra cosa.

Nada puede sustituir a la mirada del interlocutor.

No cambio mis palabras por una cena como la que pasamos con H., Q. y esos dos regalos con forma de niña.

Ni las cambio por ese breve encuentro con A. y S., en torno a una mesa de cocina (nueva), con coca-cola light, Tina y mucho fútbol teñido de recuerdos.

Tampoco las cambio por otra cena con mis amigas, con las que no me fallan jamás, con C., A. y S., una fondue, una creperie o una pizza en casa, cualquier excusa es válida para volver a casa, para sentirme en casa.

Y mi madre, y mi hermano, y mi ciudad inundada de obras y de poco bienestar. Pero es mi ciudad, y no estaba sola, estaba con D., y así todo reencuentro es aún más hermoso.

Yo no tengo dudas: necesito las palabras, mis palabras, para sentirme mejor, para encontrar mi lugar, pero no soy nadie sin ellos, sin mis amigos, sin esos ojos que me miran cuando lo preciso.

Las manos atadas

Cuando tienes las manos atadas, los ojos cerrados, los oídos tapados.
Cuando no puedes hablar por miedo a hacer daño, cuando no puedes callar por temor a provocar más dolor.
Cuando el silencio me mata, y el ruido me sobra.
Cuando querría tener las manos desatadas, los ojos abiertos y los oídos sin tapones.
Cuando necesito palabras que no llegan. Cuando me ahogo, cuando nos ahogamos.
Duele, falta, sobra, muero.

Noches de septiembre, ojalá...

Fruto de esa extraña manía que siempre tuve de meter “canciones sorpresa” en los cd’s que me grabo, esta noche las letras acuden en mi busca.

“Al alba” de Aute ha sido la inspiradora-conspiradora, la excusa para mandar dos mensajes que ya eran necesarios.

También ha sido culpable de que cambiara el cd y acudiera rauda y presurosa a la caza y captura de “Mano a mano”, aquel inolvidable concierto que regalaron Luis Eduardo Aute y Silvio Rodríguez a la entregada muchedumbre de Las Ventas.

Canción tras canción han ido asomándose, tímidos, mis recuerdos.

T. y nuestra “etapa cantautores”, recorriendo locales para oir a todos aquellos que nos gustaban.

R. y su aparente desidia musical, disfrazada con poesía sentimental.

M. y sus ganas de compartir sus gustos con los demás.

Escuchando “Las cuatro y diez”, “Al alba”, “Te doy una canción”, “Qué hago ahora contigo”, he arañado mis sentimientos, y me he encontrado sentada en la habitación de R., en ese suelo antiguo de Velásquez, he olido las pinturas del cuarto de M., he notado el frío de su casa, la misma en la que conocí a O., importante en nuestras vidas.

He recordado esa preciosa plaza de toros de Las Ventas, las noches de conciertos y uno de mis sueños hecho realidad: cantar y escuchar “Ojalᔠal ritmo de la guitarra acompasada de Silvio, junto a dos de las personas más importantes de mi vida, R. y T.

Qué noche tan hermosa, noche de septiembre; fue en Madrid, en la época del año que más me gusta, ruido callado del silencio, esas noches estrelladas a las que les robaron las estrellas.

Gracias Aute por haberme hecho llorar de nostalgia y escribir a mis dos amigas, con palabras enfundadas en lágrimas. Gracias por devolverme a mi pasado.

El drama de Nueva Orleáns

Muchas palabras se han dicho y escrito ya sobre la enorme tragedia provocada por el huracán Katrina. No voy a ahondar más en ese tema, aunque eso me haga parecer una persona fría y superficial. No voy a justificarme.

El tema del que quería hablar es de la polémica en torno a la reconstrucción o no de Nueva Orleáns. Ciudad bella donde las haya, desaparecida en una noche, ahora puede que no vuelva a existir nunca más.

Y sólo pensar en que se acabaron todas esas imágenes que tengo de sus carnavales, de sus calles coloniales, me entristece.

Dice un experto que en quinientos años seguramente Nueva Orleáns (si es que se reconstruye finalmente) y los Países Bajos habrán desaparecido. Escalofriante. Recuerda también que Los Ángeles (construída sobre una falla) tendrá que sufrir el gran terremoto del que siempre se habla, aquel que acabe completamente con todo el glamour y la vida que tan acostumbrados estamos a ver.

Asusta pensar en ello. Pero supongo que es el precio que se paga cuando nos creemos superiores a la Naturaleza. No somos nadie, o quizás simplemente somos poca cosa