Blogia

El fin de los días grises

Noches de turrón y regalos

Cada 24 de diciembre nos juntábamos en la "mini-casa" de mi abuela, cuando las familias parecían familias de verdad, y el rencor, la rabia y demás no aparecían con tantas ganas.

Pocos metros cuadrados para doce niños y catorce adultos.

Una pequeñísima habitación en la que cenábamos por turnos, en la que cada niño buscaba a su madre gritando, berreando, llorando.

Un salón que ahora veo que era más o menos como mi habitación de grande, donde se apilaban sillas y mesas, donde se movían a un ritmo vertiginoso las madres para ir trayendo y quitando comida (cuando comían ellas? de hecho, comían?).

Antes de esa caótica cena nos hacían bajar a las calles. Y ¡qué casualidad!, justo entonces llegaba Papá Noel que nos dejaba en el cuarto de mi abuelo un regalo a cada uno (pequeño, los grandes regalos estaban en nuestras casas). Con ellos jugábamos, a veces ni siquiera superaban la noche de vida (doce niños son muchos niños).

Al día siguiente volvíamos ilusionados a la casa de mis abuelos de nuevo, con más juguetes y más cara de sueño. Con una ilusión especial que hemos ido perdiendo, y que sólo recuperamos cuando nos reencontramos y charlamos sobre aquellas noches.

Noches de turrón y regalos...

Siempre es igual

Cada 22 de diciembre una ilusión enorme recorre mi cuerpo.
Pongo la radio, enciendo la tele, me siento enfrente del ordenador, intentando adivinar entre las voces de los Niños de San Ildefonso mi número, aquel que con tanta ilusión compro.

Sólo juego a un número, alrededor están los regalos y demás. Pero, ¿no es una locura poner toda mi ilusión en un sólo décimo de lotería? Pues claro!!! Por eso se le llama lotería, porque es una lotería que te toque ;)

No, no me ha tocado, ni de cerca siquiera. Un décimo más que guardar en el cajón de los olvidos (es decir: a la basura se va).

Pero bueno, al menos el Gordo de Navidad me sirve para cada 22 de diciembre pasar una ilusionante mañana. La próxima será la del día de Reyes, aún sabiendo que apenas habrá regalos, pero y si los Reyes Magos deciden entrar por mi ventana esa noche después de tantos años? Y si ven que no tengo ilusión y se marchan sin dejarme nada? Yo por si las moscas pondré cara de niña y soñaré con ellos, con su largo viaje, con mis dulces regalos, con mis pasados despertares infantiles.

Es bonito. Siempre es igual.

Las pequeñas cosas imperceptibles

A lo largo de nuestra vida, cual Diógenes acumulando basura, nosotros acumulamos vivencias.

Son tan pequeñas, tan nimias en ocasiones, que apenas nos recreamos en ellas... y mucho menos nos jactaremos ante otros de haberlas tenido.

Y sin embargo son esas las que nos enriquecen. Aquella conversación de vagón de metro con un viejo amigo reencontrado, una mirada perdida en el atardecer de una aldea, unos minutos de música pasando fotos de un álbum, o esa charla de la película que te atrapa para siempre.

En ellas (esas pequeñas cosas)al final es donde encontramos la mayor sustancia para llenar nuestra alma. Con ellas caminamos de la mano hacia mundos más profundos e historias que sí contaremos y de las que presumiremos.

Pero, ¿dónde queda aquel viejo amigo con el que jugabas a las cartas en el césped de la piscina?, ¿y aquel compañero de trabajo de sólo unos meses que ahora trabaja con otro amigo?, ¿y las canciones cantadas a voz en grito en un autobús camino de Granada?, ¿y los abrazos mezcla de alcohol y emoción que dabas y recibías cada fin de semana?

No quiero perder esas pequeñas cosas, por eso hoy me quedo con su mirada desde dentro del autobús, su media sonrisa que a mí me pone la media lágrima. Las pequeñas cosas imperceptibles...

Hasta siempre

Esperas la llamada durante días. Llega por la noche, siempre estas cosas parecen suceder a la misma hora.

Oigo a mi madre hablar, con voz pausada, relajada. Cuelga el teléfono.

Me acerco a su habitación y le pregunto.

"Ya está". Me contesta.

Mi abuela ha muerto, y sin embargo no me siento tan mal como debiera, quizás porque nuestra relación nunca fue muy agradable, y desde hace tres años y medio (cuando murió mi padre) era inexistente.

Y por lo que peor me siento -egoísta de mí- es por no ser capaz de soltar ni una lagrimita, por no tener en el pecho el dolor que siempre he sentido con estas noticias.

Pero es que ya era muy mayor, ya había sufrido demasiado y esta noticia la veo como una liberación para mi tía, que desde siempre estuvo atada o colgada a sus faldas, quisiera o no.

No ha sido un agradable despertar, ni será un bonito atardecer.

La gente se muere, hoy le ha tocado a mi abuela, y sé que durante el día, durante el resto de días, irán cambiando mis sentimientos, porque por mucho que parezca fría, distante, no lo soy.

Simplemente las familias son así, los cariños no se marcan por un grado familiar.

D.E.P. abuela.

Filosofea, que algo queda...

Recibo un sms a altas horas de la madrugada, anunciando su visita, breve, pero seguro que intensa, S. no defrauda.

Durante las primeras horas de la mañana, mientras D. está a mi lado estudiando, yo miro de vez en cuando el móvil, esperando que suene, o esperando también que no lo haga.

Y pasada la hora que parecía límite lo hace: suena. Y al otro lado aparece la siempre risueña voz de S., diciéndome que está en el aeropuerto de Málaga, con R., y que le diga donde quedamos, para tomar algo.

Nos encontramos, nos abrazamos, nos sorprendemos mútuamente de vernos fuera de Madrid (aunque no es la primera vez que así sucede). Dejamos mi coche en casa y las llevo a Pedregalejo, a tomar pescaíto, a oler el mar, a sentir la brisa, a ver la playa.

Después nos vamos a una tetería, donde compartimos una interesante charla sobre la confusión de sentimientos y la necesidad de arriesgar. Un Cinnamon Lassi, un zumo de frutas del bosque y un batido de miel, azahar y galleta -con un increíble sabor a roscón de Reyes- son las bebidas que mojan nuestras secas gargantas (es lo que tiene no parar de hablar).

De vez en cuando necesito de estas charlas filosóficas-metafísicas-metahumanas en las que tan a gusto me siento. No puedo interpretar siempre ese papel de persona metida en sí misma que reflexiona hasta el hartazgo, pero sí preciso de vez en cuando adoptar el papel de profesora de la vida, con unas imaginarias gafas que me doten de un aire intelectual, un hipotético cigarro que acompañe mis gestos, mis palabras y sobre todo mis silencios, y una copa de coñac que nunca he bebido.

Fueron unas horas agradables, que se completaron con unos breves, brevísimos, minutos con M., y una maravillosa noche con D.

Filosofea, que algo queda…

Una ronda... va por ustedes

Hay quienes celebran el Día de la Constitución reuniéndose en el Congreso y diciendo una sarta tras otra de frases tópicas.

Otros prefieren dar sustos con unos artefactos explosivos, cortando todas las vías de acceso y salida a una gran ciudad.

Algunos se lo pasan bien esquiando en las montañas francesas.

Muchos más en las playas levantinas.

Yo preferí hacer turismo provincial.

Quizás al principio no me quedó más remedio, y tuve que hacerlo porque la falta de dinero y posibilidades me negó un viaje más lejano.

¿Pero es que cuantas veces hemos escuchado que las cosas más hermosas pueden estar a la vuelta de la esquina?

En este caso no a la vuelta de la esquina, pero sí a la vuelta de unas cuantas curvas y algo más de cien kilómetros de distancia de Málaga, se encuentra Ronda, una hermosa ciudad de la que había oído maravillas y que supera con creces las expectativas.

De poco vale empezar a enumerar adjetivo tras adjetivo, no es suficiente y ni siquiera sería justo para con la hermosa ciudad malagueña.

Es un regalo para los sentidos, un tributo al buen gusto, y un trofeo para quienes allí se acercan.

Ronda a mí me enamoró un poquito más, me hizo entender que somos pequeños, mínimos, ante la grandeza que nos rodea.

Desde aquí mi pequeño homenaje y mi gran recomendación…

Ironías de la vida

Sigo viva. Al menos respiro.

El puente es para mí un descanso en la búsqueda de trabajo, y una breve excusa para durante unos días no seguir martilleando mi cabeza con ofertas absurdas, mitad timo, mitad abuso, ofertas que me hacen creer que soy una inútil que ya no sirve para trabajar.

Son las seis de la tarde. Estoy sola en casa, en un día que ha amanecido soleado y hasta templado (25º marcaba el termómetro de la esquina) y que deviene en noche fría. Es sólo una apreciación.

No tengo rutinas, no tengo orden, por no tener no tengo ni obligaciones, sólo anarquía, hasta en la casa, en la que me he rebelado y he decidido que los días en que estaré sin compañera serán días en los que la limpieza no debe obsesionarme.

Me ha atrapado el silencio, lo he cambiado por la música de Madonna, su increíble “Hung up”. Las discusiones eternas de los ex - concursantes, familiares y parásitos de Gran Hermano, han sucumbido a la brillante tecla del “mute”, uno de los grandes inventos del siglo pasado.

Cuando ese silencio sólo se interrumpe por el lejano ladrido de un perro en la calle, que asciende hasta mi noveno piso y traspasa mis dobles ventanas, vuelvo a la realidad, entro en mi mundo interior, aquel en el que tanto habité y que ahora está algo abandonado. Aquel que me proporcionó incontables momentos de lucidez y tremendos pensamientos filosóficos.

Eran otros tiempos, yo era más habladora, más luchadora, más soñadora, más amiga. Ahora soy más ermitaña, más solitaria, más huraña, más enemiga. Ahora no soy la misma que regalaba sonrisas a cambio de nada. Ahora las sonrisas se esconden detrás de mi boca.

No voy a buscarme otra vez, ya lo he hecho muchas veces. Me acostumbraré a vivir con esta a la que veo cada mañana en el espejo. Esta que rezuma más maldad y mala leche, y que pese a no pedirlo necesita más manos amigas que nunca. Ironias de la vida…

La quietud

Estoy cansada.

Tengo ganas de tumbarme, apagar las luces, cerrar los ojos y dormir.

Pero nunca he sido capaz de dormir de un modo tan fácil.

Cerrar los ojos no es sinónimo de descanso, para mí, al contrario, siempre ha sido motivo para pensar más.

Durante el día la cabecita no para. Ideas, más ideas, sueños, canciones, personas, palabras, miedos, muchos miedos.

Y la noche trae esos miedos a primer plano.

De pequeña me costaba dormir, pensando en si habría hecho o no bien los deberes, si llevaría los libros adecuados, si el uniforme estaría limpio. Me preocupaba por cosas absurdas para una niña de apenas 9 ó 10 años.

Conforme fui creciendo las preocupaciones cambiaron. Pasé por la lógica etapa del temor a la muerte, de la incomprensión del vacío, del pánico a quedarme despierta mientras el resto de habitantes de la casa dormían.

Poco a poco aprendí que la manera de superar ese miedo era borrar de mi mente cualquier resquicio dedicado a él. Si no existe no puedo temerlo.

Hoy mis miedos son si seré capaz de cuidar como querría de mis seres queridos.

Me sale un extraño instinto protector, siempre lo tuve. Cuido de ellos como si fueran mis propias manos y los necesitara para escribir; como si fueran mis pies sin los que no podría caminar; como si fueran mis ojos que me hacen ver; como si fueran mi corazón, que me hace seguir viviendo.

A veces esa preocupación me lleva a un estado de agobio que roza lo insano, pero es inevitable.

Es entonces cuando querría dormir, y alcanzar con el sueño la paz que durante el día me cuesta ver, aunque la tengo en mí. Pastillas para dormir, en el armario de casa, disponibles pero temidas. Si las tomara solucionaría ese problema. Si lo hiciera me estaría engañando. Y si me engañara no tendría sentido que llegara aquí a contaros mentiras.

La quietud. Eso que no existe, eso que tampoco puedo temer... ni disfrutar. La quietud, mi quietud, hermosa palabra que nada expresa, porque no lo tengo.

Qué rápido se van los buenos momentos

Apago el teléfono, un gesto que pocas veces repito.

Quito el sonido de la televisión, que me trae a Patricia con su Diario y su colección de personajes desalentados.

Abro esta página para encontrar en ella los posos de un concierto maravilloso.

... y qué rápido se van los buenos momentos.

Y cómo llegan instantes de nostalgia, melancolía, tristeza, y salen corriendo cuando les miras de frente. Se esconden, y entre las sombras, en su escondrijo, sonríen, con esa sonrisa maligna de quien sabe que volverá cuando quiera.

Y miro a través de la ventana, aquella que mi madre se ha esforzado en dejar tan limpia que parece que está abierta. Y no lo está, porque si así fuera el frío congelaría mis ideas.

Miro a mi alrededor, intentando reconocer dónde estoy, quién soy, qué busco y qué he perdido.

No puedo encontrar lo que no sé que ha desaparecido.

Se agolpan las caras de los que un día fueron "mi gente", y siempre vienen con caras felices, porque no consigo recordar a nadie con cara triste. Incluso si nunca rió a mi lado pienso en cómo sería ese gesto suyo desconocido.

Me alegro de estar como estoy. De tener a quienes tengo, de no tener a quienes no tengo. Tengo lo que me merezco, ni más ni menos, sea bueno, sea malo, sea todo o sea nada.

Pienso en el adiós de nuevo, en coger el coche dirección a la A4, atravesar las obras de este parque de atracciones que es Madrid, a la búsqueda de su abrazo, a la captura de su mirada... dejando atrás lo más hondo, lo más puro, lo más sano.

Me queda más de un día y ya me duele. Cada día la despedida es más y más difícil. Los planes más innombrables y las personas menos amigos.

Se fueron las ideas, se han ido las palabras a buscar otro blog en el que escribir, por hoy.

Mañana estarán aquí -eso espero- para despedir temporalmente a los lectores cotidianos. Hasta que vuelva a Madrid o hasta que vaya a casa de D.

De nuevo mi refugio me ha abierto las puertas. Qué bien me haces sentir Blogia. Qué necesidad tengo de ti.

Todo vuelve a tener sentido.

Enciendo el teléfono, un gesto que pocas veces repito.

Pongo el sonido de la televisión, que me trae a Patricia con su Diario y su colección de personajes desalentados.

Cierro esta página donde encontré los posos de un concierto maravilloso.

... y qué rápido se van los buenos momentos.

Déjame atravesar el viento sin documentos...

Hace exactamente una hora que ha acabado el concierto de Andrés Calamaro en Madrid, en el Palacio de los Deportes.

Estoy en una nube, en un estado de euforia en el que yo -de felicidad contenida- no suelo situarme a menudo.

Pero la música tiene estas cosas, Andrés produce en mí este efecto.

En unos metros cuadrados estaban los tres hombres de mi vida: A.C., el que me movió el piso musicalmente hablando; Fernando Redondo, la elegancia al servicio del fútbol; y el auténtico motor de mi existencia, triste hasta su llegada, absolutamente plena desde que entró a mover los hilos de mi teatro, D.

Lleno hasta arriba el Palacio se preparaba para asistir a un concierto que sabes que es histórico, porque la ausencia prolongada de A.C. en los escenarios así lo provocaba, porque Andrés mueve los corazones a ritmo de sueño, porque su música se ha vuelto a meter en mí, y costará que salga.

Estoy eufórica, porque ha ido de menos a más, porque he ido olvidando la vergüenza inicial que siento de moverme en un concierto, y he conseguido alcanzar el éxtasis con las tres canciones finales: "Paloma" (número uno en la banda sonora de mi vida), "Mi enfermedad" (una de los mejores temas) y el inolvidable y tan especial para mí "Sin documentos".

Escuchar una canción así como colofón ha colmado todas mis ilusiones. Pensé que me moriría sin escucharla en directo. Por ello, al empezar a oir las notas y reconocerlas he creído que el mundo se caía... y yo entraba en las profundidades del infierno por la puerta grande (qué mejor cielo que un infierno en el que suene "Sin documentos"?).

Pero mentiría si no destacara especialmente "Paloma". No tengo dudas, hago recuentos, repaso otros momentos y llego a una conclusión: musicalmente ha sido el mejor momento de mi vida. Incomparable, sublime, irrepetible, inenarrable... y con él de mi mano.

El concierto al completo ha sido espectacular, el público entregadísimo, y otra gran alegría para mí: ver a Andrés acompañado de parte del elenco de Bersuit Vergarabat. Me hace una tonta ilusión ver a un grupo que poca gente en España conoce acompañar al maestro Andrés en su regreso a Madrid.

Bien, puede que esta alegría absurda sea comprendida por pocos, respetada por menos y alabada por algunos. Os prometo que hoy no me importa lo que nadie me diga. Andrés me ha puesto en la cara una sonrisa que jamás borraré. Tengo el recuerdo de esta noche grabado a fuego en el corazón, el único órgano del cuerpo que no olvida ni omite nada.

Llegará el futuro, y con él muchos instantes, algunos perdurarán, otros pasarán desapercibidos, pero Andrés y esta noche mágica servirá para que D. y yo nos miremos a los ojos y recordemos cómo nos buscábamos entre la multitud, cómo nuestras miradas chocaban con las notas que sobrevolaban, y cómo intercambiábamos nuestros corazones, para mirarlos y mirarlos. Gracias D., gracias Andrés, os quiero, pero sólo necesito a uno de los dos a mi lado siempre, del otro me quedará su música. De ti me quedará tu vida entera, nuestra vida...


... porque mientras espero por ti me muero, y no quiero seguir así"

Su mirada confundida entre ida y cruel...

Intenta escuchar mis latidos.

Quédate más de 3 segundos mirándome a los ojos, no evites mi mirada, no salgas corriendo en busca de otro tiempo pasado.

Lee mis palabras y levanta la pantalla del ordenador, para ver si detrás encuentras algo.

Toca mis dedos con la misma suavidad con que yo acaricio el teclado al escribir estas palabras.

Acaricia mi alma, quítame la máscara, descubre en mí lo que casi nadie ya tiene interés en recordar.

El pasado fue ayer, el presente no existe, el futuro será siempre el camino.

No es un imperativo, o tal vez sí. No hablo a nadie, te escribo a ti, a quien lee esto, a quien me busca en mis palabras, a quien ha llegado a entender mi manera de ser feliz.

Fena Della Maggiora es la voz que me susurra al oído vocales y consonantes unidas por un hilo en forma de nota musical.

Y D. dibuja sueños y utopías, con gotas de poesía... buscando un ideal...

Recuerdos del narguile

Ayer fue un día raro, que acabó entre risas y buenos amigos, unas pizzas, una presentación "oficial" y muchas anécdotas de los abuelos cebolletas que ya somos.

A la hora de la comida conocí a un gran tipo, una de esas personas cuya mirada es limpia y sus palabras inteligentes, y con esas premisas y un poco de narguile completamos unas horas muy agradables.

El narguile me trae a la mente buenos ratos. Era divertido y algo tétrico fumar narguile (o sisa) en uno de esos bares de Estambul rodeado de lápidas, contemplando en ocasiones vistas estupendas, disfrutando de las alfombras, del contacto con el suelo, jaja.

Me gustó fumarlo de nuevo ayer, me gustó hacerlo en compañía de D. y L.

Cádiz, Málaga y Madrid se unieron bajo los efluvios del humo. Nos reímos, y repetiremos.

Volviendo al lugar del crimen

He vuelto a Madrid.

Pasaré unos días con mi familia, con mi niño, con mis amigos, en mi ciudad, lluviosa, gris, preciosa..., en obras.

Y pasaré también la noche del viernes con Calamaro, escuchando y viendo por fin a mi artista favorito, en el Palacio de los Deportes, con D., con la música, con muchas ganas de abrir los oídos y el alma, de llenar mi espíritu de canciones y mi corazón de más esperanza.

Y el sábado veré el clásico entre los clásicos del fútbol español, el partido que cada año se espera como agua de mayo.

Los del paro me pegaron ayer el susto del siglo, hoy se ha solucionado y mi coche va camino de estar otra vez como nuevo.

Veo fotos, asimilo noticias, viajo por los recuerdos y recupero fuerzas para seguir con la búsqueda de trabajo.

No me pidas que no sea un inconsciente...

El ruido y la sonrisa

Hay quien no entiende que el ruido puede ser algo que no moleste.

Que las “venganzas frías” sólo provocan la risa.

Os sitúo: una obra en la casa de al lado, o justo encima.

Ruidos en momentos inoportunos (puede que incluso prohibidos) que te enervan, que te hacen mostrar una rabia absurda que a nada lleva. Golpeas las paredes, golpeas el suelo, pataleas, total ¿para qué? El que hace ruido va a seguir haciéndolo si está trabajando, y rara vez parará si el ruido lo hace “por amor al arte”.

Otra situación: compañera de piso que cree que va a molestar pasando el aspirador a horas que no son las más lógicas (domingos a las 9 de la mañana, sábados a las 7 de la tarde…), golpeando puertas, moviendo sillas y mesas, arrastrándolas más bien… no querida amiga, no, eso no me molesta, de hecho el ruido de la tele puede callar cualquier sonido a mi alrededor.

Sigue aspirando, sigue mostrando tu rabia, yo sonrío

Vendo, me vendo...

Crisis es una palabra dura, una palabra fea.

No fea en ella misma, sino por lo que significa.

Paro también es fea, la palabra en sí y el contenido (o el vacío).

Estar parado… qué fea expresión para una situación que generalmente no se torna en agradable. Digo generalmente porque en los últimos meses yo la he vivido y he sacado mucho partido a nivel personal a dicha circunstancia.

Estar en paro, ser un desempleado. Es feo, como la crisis.

Y lo peor es cuando, debido a ese estado temporal (Dios quiera que así sea), el estar parado provoca una crisis. Quizás esas crisis sean de las peores posibles, porque minan el “yo”, la autoestima se evapora y tú te quedas con cara de cordero degollado.

Me quedan unos meses de paro, ya pocos, y eso implica que estoy buscando trabajo desesperadamente. Ya dejé de preocuparme por buscar de lo mío (quiero decir que aunque sigo intentándolo no es vital encontrar trabajo de periodista), lo que necesito es un empleo, un medio para vivir, para quedarme en Málaga, y seguir luchando por mi historia personal.

Uy, no había caído, pero vaya lo voy a intentar: si alguien sabe de algún empleo en Málaga capital, sea del tipo que sea (siempre que la legalidad lo ampare), que se ponga en contacto con quien suscribe, o sea yo.

Me vendo, sí, me vendo, me alquilo, a nivel intelectual claro.

Mis ideas por unos euros, mis pensamientos por una ilusión, mi tiempo por una eternidad.

Vendo, me vendo…

Como la vida misma

Leo un artículo de A.T. titulado “Gracias, donaires”, y me viene a la cabeza un pensamiento que he tenido siempre.

El tiempo es escaso, a veces nos puede parecer lo contrario, pero el tiempo es muy escaso.

Por ejemplo, he pensado en la cantidad de libros que me he leído y he pensado al acabarlos “otro día me los volveré a leer”… pasa el tiempo, pasan los años, y pasará una vida y no los releeré, por una razón simple: hay millones de libros iguales o mejores que aún no he leído y debería hacerlo.

Cuando era más pequeña sí releía más libros. Aquellas ediciones juveniles que marcaron mi infancia y mi adolescencia. Libros que hoy tengo grabados a fuego en mi corazón, palabras que se quedaron metidas en mi cabeza.

Querría tener tiempo para leer más, pero sobre todo querría dedicar una parte de mi vida a releer, y sin embargo sé que no lo haré, excepto en casos muy específicos, y entonces quizás cuando acabe pensaré que no debería haberlo hecho, que aquel libro era más bonito en mi cabeza que en la realidad… como las personas, como las ciudades, como la vida misma.

Por mucho que lo quieras

Tengo una habitación muy luminosa, amplia, sin muchas cosas por medio.

No tengo cortinas, ni las quiero; prefiero levantarme con la luz del sol, mirar los montes que se asoman en la esquina, los patios de las casas.

En mi habitación tengo una televisión, un vídeo, la playstation que D. un día trajo y nos ha reportado momentos muy divertidos, un ventilador, una lámpara, un radiocasette, una mesa con una banqueta, algunos libros, unos cd’s, muchos recuerdos, mucho trasto inútil, un armario…

Todo estaría genial, de hecho todo está genial. Sólo me sorprenden las ganas nacidas en mi compañera de piso por complicarme la vida aquí. Pero no va a conseguir con unos reproches absurdos y falsos afectar estos momentos que, pese a la incertidumbre laboral, son los mejores que he pasado.

Esta vez este escrito es un pequeño grito, para quitarme la rabia del momento. Un desahogo, y me ha servido, porque cuando salga de la habitación volveré a estar como siempre. Si le gusta bien, y si no… pues lo siento por ella.

Yo soy así, y así seguiré…

Uno copiado de otro blog

Sí, lo he visto en este blog y me ha parecido maravilloso:

Una mujer ejecutiva destinada temporalmente en Londres por negocios recibe una carta de su novio desde Madrid. La carta decía lo siguiente:

Querida Beatriz:
Ya no puedo continuar con esta relación. La distancia que nos separa es demasiado grande. Tengo que admitir que te he sido infiel dos veces desde que te fuiste y creo que ni tu ni yo nos merecemos esto, lo siento. Por favor devuélveme la foto que te envié.
Con amor. Carlos

La mujer, muy herida, le pidió a todas sus compañeras de trabajo que le regalaran fotos de sus novios, hermanos, amigos, tíos, primos, etc. Junto con la foto de Carlos, incluyó todas esas otras fotos que había recolectado de sus amigas. Había 57 fotos en el sobre y una nota que decía:

Querido Carlos,
Perdóname, pero no puedo recordar quien coño eres. Por favor, busca tu foto en el paquete y me devuelves el resto.

MORALEJA: Aún derrotado... ¡hay que SABER JODER!

Preguntas, preguntas, preguntas

¿En qué ciudad que no sea la vuestra viviríais?

¿A qué amigos necesitáis cerca constantemente?

¿Es la familia una realidad o un estorbo?

¿Preferís viajar en coche o en autobús? ¿Quizás en tren?

¿Os gustan más altos o más bajitos que vosotras?

¿Creéis en el amor a primera vista?

¿Y en las relaciones a distancia?

¿Cuando pides un deseo se cumple? ¿Y si cuentas ese deseo?

¿Necesitamos tanto a las personas como creemos?

¿Alguna vez hemos sido felices?

¿Os cansáis de sonreir en alguna ocasión?

¿Llorar es un desahogo o ese es sólo un mito?

¿Cuando te duelen las piernas es porque creces, como nos decían de pequeños, o ahora ya nos duelen porque estamos mayores?

¿Por qué vivimos atemorizados por millones de cosas?

¿Puedo parar de hacer preguntas?

¿Puede alguien contestarme alguna?

Va de tríos...

Yo os dejo el enlace, vosotros haced el resto:

Crónica de un trío anunciado...