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El fin de los días grises

Mis monografías II. Mi padre

Los humanos demostramos ser torpes constantemente, pero quizás la mejor muestra sea el hecho de no darnos cuenta de lo que queremos a alguien hasta que lo perdemos.

Qué paradoja, qué estupidez.

Hace más de 3 años y medio que le miré por última vez a los ojos. Me dio su alianza para que la guardara junto a mí, hasta que saliera del quirófano. El destino no quiso que nos reencontraramos para devolverle su preciado bien (del que jamás hasta ese día se había separado) y no pude devolvérsela.

Mi padre, Isidro, nació en Madrid, en una familia muy muy humilde. Eran 5 hermanos (2 chicas y 3 chicos). A día de hoy sólo viven las mujeres. Perdió muy joven a su padre, poco después a su hermano pequeño y más adelante a su hermano mayor.
Los genes no estuvieron nunca del lado de la parte masculina de la familia, y por eso a él le tuvo que llegar también lo que estaba marcado.

Trabajó desde los 11 años, primero como botones de un hotel, o algo así, luego como aprendiz en el negocio de la peletería, en el que se quedó y acabó prosperando. Mi padre tenía algo de artesano, era un gran trabajador, una persona honrada, enamorado de su empleo, demasiado entregado a unos jefes que al final no se comportaron como esos hermanos que decían ser.

Pero realmente sólo tuvo un gran amor, sólo uno a lo largo de su vida, por el que habría dado hasta su vida: mi madre.

No soy yo la que comenta este hecho (sería fácil que idealizara una relación), es algo que siempre todo el mundo me ha contado.

Estaba rendido a mi madre, no vivía para otra cosa que no fuera ella. Cada día cientos de piropos inundaban el ambiente, cada día miles de miradas embrujaban a quien pasaba cerca. La admiración de mi padre hacia ella nunca se fue, incluso el último día seguía viendo en sus ojos marrones aquel brillo tan especial.

Podría enumerar cientos y cientos de recuerdos sobre él, con él., Desde aquellos lejanos domingos de mi infancia en los que nos íbamos a visitar la Sierra de Madrid, hasta aquellos más cercanos en que silenciosos ambos nos sentábamos en el salón (él en su sillón) y veíamos cualquier partido de fútbol entre discusión y discusión.

Recuerdo su alegría con mis éxitos académicos, como por ejemplo el día en el que supo que me aceptaban en Periodismo (después de un verano entero pensando que me quedaba fuera por una maldita décima). Sus sueños estaban impregnados de ternura. Pensaba que yo triunfaría en el periodismo, confiaba en mí como nadie, creía que algún día escribiría un libro, que algún día le sonreiría desde lo más alto.

La nostalgia me alcanza cada día que voy al Bernabéu y me veo a mí, muchos años atrás, llegando de su mano a ese estadio, para ver al primer equipo, para ver a los equipos de la cantera (me acuerdo de lo que le gustaba José María, un gaditano que se llamaba como su hermano pequeño, delantero que acabó jugando algún partido en el equipo de su tierra, y que además, para más INRI, era hermano de la Niña Pastori).

Mi padre me enseñó a disfrutar de muchas cosas: del deporte, de la lluvia detrás de una ventana, de la música, de las tormentas, del sol, las montañas y el amor. De la comida, de los pequeños caprichos que a veces puedes permitirte, de todas aquellas pequeñas cosas que están a diario en nuestra vida.

Siempre supe que mi padre, pese a tener demasiado tiempo ocupado en trabajar, disfrutaba al máximo cuando llegaba a casa y veía que nosotros estábamos bien.

No hay nada que le hiciera más feliz (aparte de mi madre, como ya le he dicho) que ver que la relación entre mi hermano y yo era y es excepcional.

Era un hombre de familia, al estilo clásico, adorador de su madre (aunque esta nunca fuera una madre idílica), de sus hermanos, de sus sobrinos, de cualquiera que tuviera su sangre. Sus grandes amigos eran los del trabajo, no tenía tiempo para más.

Le recuerdo cada día, y es a cada instante cuando me doy cuenta que le echo de menos más que antes.

Sé que él murió sabiendo que le quería, pero que le hubiera gustado sentirlo más a menudo. No fui muy justa con él, y por eso necesito creer que existe otra vida, una en la que me encontraré con él y le pediré perdón por no haber sido como debería. Una en la que pueda ver que seguimos luchando, aunque nos cueste estar sin él. Que jamás le olvidaremos, que no hay día en el que no se asome una lágrima en nuestros ojos recordando su sonrisa, tan limpia, tan serena, tan amplia.

Tengo en mi habitación en Málaga una de mis fotos favoritas, aquella en la que mi padre, con su habitual sonrisa, feliz como muchas veces, en la antigua casa de Aluche, nos tiene sobre sus hombros a mi hermano y a mí (yo con apenas meses). La foto es genial, y así es como quiero recordarle siempre, sonriendo, sonriendo, sonriendo.

Porque yo sonrío cada día para demostrarle que hacía bien en confiar en mí, en creer que podría ser capaz de cualquier cosa.

Cuanto le extraño, cuanto le quiero, cuanto le necesito. No hay nada ni nadie que pueda llenar el hueco que deja un padre cuando se va…


Las casualidades

En uno de esos paseos por la red una se encuentra con una sorpresa en forma de fotoblog, Mirada.

Aparte de que es interesante alberga en su interior para mí algo mejor, la autora y yo compartimos nombre y apellido. Después de intercambiar unos cuantos mails acabo llegando a la conclusión de que la vida está llena de curiosidades, teñidas de casualidades, o viceversa.

Ha sido agradable descubrirlas, y para vosotros no dudo que será muy agradable ver su fotoblog.

No me pidas que no sea un inconsciente

No me pidas que no sangre
si aun el cuchillo no sacaste de mi
no me pidas que use cicatrizante
dame dias, dame meses.
Si te busco en el agua de mi boca
si te veo en el fondo de mis ojos
no me pidas que no sea un inconsciente
si no dejo de quererte.
Y si escribo otra estupida cancion(de amor)
y si me gusta y le pongo melodia
si te digo que es por vos que me salia
no es mentira aunque mienta facilmente
No me pidas que no sea un inconsciente
si no dejo de quererte

Cuando cada uno tiene su vida

No tiene remedio.

Es ley de vida. Unos hacemos nuestra vida, en este caso en una ciudad diferente, y el resto sigue con la suya.
Así que cuando te encuentras con ellos debes intentar coger el ritmo. Como si en una etapa del Tour un ciclista se hubiera escapado y yo intentara alcanzarle.

Mis amigas deben estar este fin de semana haciendo el Tour de su Vida. Al igual que mi madre y mi hermano.

Claro, con esas premisas, respetables al cien por cien que conste, una se vé todo el día delante del ordenador y de la televisión (porque ni siquiera se me ocurrió traerme un libro para estos días).

Miro por la ventana y me encuentro un día grisaceo. Una niebla invisible oculta cualquier atisbo de sol que me haga sonreir.

Bueno, me refugio en mis letras, en las de los demás (aunque no ofrecen mucha variedad), en noticias absurdas (como la del preso norteamericano que ha pedido que le aumenten la pena de 30 a 33 años para que coincida con el número de la camiseta de su ídolo, Larry Bird), en el comienzo de Gran Hermano 7 (qué vivan todos los programas basura!!! Qué grandes momentos pasamos gracias a su estupidez), y en buscar posibilidades laborales que no acaban de cuajar.

Quizás tenga suerte al fin y al cabo.

Quizás acabe brillando el día de alguna manera. No lo dudo, como siempre esas cosas están en mis manos, en las de cada uno de nosotros.

Psicópatas itinerantes en Benalmádena

Fue en Benalmádena, exacto. El pasado 12 de octubre.

Mientras unos celebraban el día de la Hispanidad y otros estaban pendientes de que la selección española se clasificara para el Mundial, otros íbamos a este pueblo de la Costa del Sol para reencontrarnos con Bersuit Vergarabat.

Para mí era ya la cuarta vez que iba a verles en directo (una en Gruta77 y otras dos en la Sala Arena de Madrid), y sin embargo las ganas eran las mismas que esa primera vez, aquel 15 de mayo de 2003, donde además conocí a D.

Vuelvo a ese 12 de octubre. D., su padre, su amigo D. y yo (entre "D" anda el juego) llegamos al Auditorio Municipal (esta vez no cuento cómo hubo que comprar las entradas, pero eso merece capítulo aparte), con más gente de la esperada (aún en la calle, las puertas sin abrir y las nubes amenazando lluvia).

Camisetas argentinas por doquier, acento bonaerense, poco español y la sensación de estar en otro lugar. Esperamos en la cola la apertura de las puertas, que se produce más tarde de lo marcado.

Al entrar se empieza a sentir que eso no va a ser fácil. No, ya he visto en otras ocasiones a los argentinos hacer "pogo", pero ahí parecía que iba a ser algo más.

El concierto comienza, el "Pelado" Cordera nos va animando poco a poco, y los empujones no cesan. La lluvia tampoco. Se presenta de sopetón, en descargas brutales que no enfrían el ambiente.

Entre canción y canción resoplamos, cogemos aire y miramos las caras de felicidad de los argentinos por ver a sus compatriotas tocando en el otro continente, acercando su país y su música a su nueva vida de "extranjeros"

No ha sido el mejor concierto que he visto de Bersuit, quizás porque el público no eran aficionados al grupo en sí, sino que iban "a festejar". No sé la razón, pero yo ví de nuevo a uno de mis grupos favoritos. Vibro con ellos, me emociono y sonrío. Forma parte importante de mi vida, y espero que esta no haya sido la última vez que les haya visto.

¡¡Aguante la Bersuit!!

Con mi música a otra parte

Había olvidado que la música puede serlo todo. Que me inspira, me alegra, me llena, me vacía, me hace llorar y a veces incluso me niego a escucharla para no caer en un inmenso mundo de recuerdos a olvidar...

La música me mueve, de forma anímica, como muchas otras cosas, pero con una diferencia. Ella siempre ha estado allí. Sí. En algún momento de mi vida me movía el quedar con algún amigo/a para tomar algo, o el pasear, o el leer. También me movía el viajar, el quedarme viendo la tele o yendo a un partido de fútbol. En otro tiempo fue el trabajo el que me movía.

Ahora sé que la música siempre ha estado. Estuvo en los peores momentos (como Elefantes en el adiós a mi padre) y también en los mejores (como Bersuit en el inicio de mi relación con D.). Estuvo para encontrar amigos (mi fiel, querido y nunca justamente valorado M., quien quizás entiende esto mejor que nadie, pues así vive él la música), para despedirme de ellos, y está ahora para recordarlos.
Estuvo en los viajes, en los veraneos, en Denia y en Estambul.

Estará siempre de nuevo, siempre habrá una canción para recordar todo, porque la vida cuenta con una banda sonora personal. La mía es ecléctica cien por cien. Varía, evoluciona, involuciona, vuelve al pasado y se adelanta incluso a las modas a veces.

Hoy he escuchado Pastora y su "Vida moderna", y he recordado que hace tiempo escribí sobre este grupo. He vuelto a sentir lo mismo que entonces, he pensado en C., mi niña, la que me hizo conocer a este grupo una tarde a través del messenger.

Me gusta la música, pero la vida está llena de paradojas, y en contra de lo que suele ser habitual, hoy he cambiado una canción (suelo escribir siempre escuchando algo de música) por un partido de tenis. Nadal ha ternido más fuerza, ¿será eso lo que llaman ser mediático?

Una vez más... me voy con la música a otra parte.

En algún lugar

Voy de un lado para otro.

Hace tiempo que sólo me encuentro a gusto en un sitio.

Voy y vengo, viajo y regreso, llego y me marcho.

Y en cada viaje dejo algo, dejo a alguien, siento su mirada mientras me alejo, imagino sus lágrimas y sus pensamientos.

Vuelvo, me voy otra vez, y me resulta difícil establecerme, sentarme, tomar un café.

Extraño el tiempo para los vinitos en el Bacchus, y los fines de semana con R. en cualquier lugar.

Extraño no sentirme parte de la vida de los de antes, ni tener tiempo para crear vinculos nuevos con los de ahora.

Y sin embargo me siento bien, porque es lo que he elegido, y ante eso no hay otra cosa que sentirse feliz.

N. se casará este verano. La conocí siendo ella una niña, contando con los ojos iluminados que había conocido a J., al "Capitán E.", nos contó su ruptura, sus locuras, y su reencuentro. Este verano me ha contado que viven juntos, que ya son por fin uno solo, como siempre parecieron. Y en julio cierran la primera parte del círculo. Y yo estaré ahí...

M., S. y R. están embarazadas. Parecen haberse puesto de acuerdo para dar un paso fundamental en su vida... y en la de los que vienen.

Me siento lejos de una porque hace tiempo que no nos vemos, de la otra porque estamos lejos físicamente, y de la siguiente porque nos hemos separado, y esa es la separación más dolorosa.

Escucho a M. hablar de la ilusión y el miedo por el futuro hijo de R. y no puedo sino intentar arrancar algo de esa pasión para mí. No lo consigo. Pero también en este caso, aunque ya no seremos nunca las mismas: yo estaré ahí.

Y así me sentiré en algún lugar. En el corazón de quienes me quieren, muchos o pocos, mucho o poco.

Estaré ahí, donde me necesiten.

Estaré ahí, donde el corazón me lleve.

Estaré ahí, a tu lado, porque te lo debo.

Queman las palabras

Queman las manos, los dedos, la cabeza retumba, y las ideas fluyen.

Es entonces cuando me siento más viva, cuando las palabras acuden a mí, cuando entiendo que esto es lo que quiero hacer: escribir.

Me oprimen los nervios, me diluyo en sentimientos, sueño con los ojos que miran la pantalla por el otro lado, en todos aquellos que nunca leerán esto, en la importancia (mucha o poca) de las letras, en el enorme privilegio de tener un refugio para mi alma.

Si estoy preocupada acudo a mi teclado, aunque eso no significa que sustituya ninguna otra cosa.

Nada puede sustituir a la mirada del interlocutor.

No cambio mis palabras por una cena como la que pasamos con H., Q. y esos dos regalos con forma de niña.

Ni las cambio por ese breve encuentro con A. y S., en torno a una mesa de cocina (nueva), con coca-cola light, Tina y mucho fútbol teñido de recuerdos.

Tampoco las cambio por otra cena con mis amigas, con las que no me fallan jamás, con C., A. y S., una fondue, una creperie o una pizza en casa, cualquier excusa es válida para volver a casa, para sentirme en casa.

Y mi madre, y mi hermano, y mi ciudad inundada de obras y de poco bienestar. Pero es mi ciudad, y no estaba sola, estaba con D., y así todo reencuentro es aún más hermoso.

Yo no tengo dudas: necesito las palabras, mis palabras, para sentirme mejor, para encontrar mi lugar, pero no soy nadie sin ellos, sin mis amigos, sin esos ojos que me miran cuando lo preciso.

Las manos atadas

Cuando tienes las manos atadas, los ojos cerrados, los oídos tapados.
Cuando no puedes hablar por miedo a hacer daño, cuando no puedes callar por temor a provocar más dolor.
Cuando el silencio me mata, y el ruido me sobra.
Cuando querría tener las manos desatadas, los ojos abiertos y los oídos sin tapones.
Cuando necesito palabras que no llegan. Cuando me ahogo, cuando nos ahogamos.
Duele, falta, sobra, muero.

Noches de septiembre, ojalá...

Fruto de esa extraña manía que siempre tuve de meter “canciones sorpresa” en los cd’s que me grabo, esta noche las letras acuden en mi busca.

“Al alba” de Aute ha sido la inspiradora-conspiradora, la excusa para mandar dos mensajes que ya eran necesarios.

También ha sido culpable de que cambiara el cd y acudiera rauda y presurosa a la caza y captura de “Mano a mano”, aquel inolvidable concierto que regalaron Luis Eduardo Aute y Silvio Rodríguez a la entregada muchedumbre de Las Ventas.

Canción tras canción han ido asomándose, tímidos, mis recuerdos.

T. y nuestra “etapa cantautores”, recorriendo locales para oir a todos aquellos que nos gustaban.

R. y su aparente desidia musical, disfrazada con poesía sentimental.

M. y sus ganas de compartir sus gustos con los demás.

Escuchando “Las cuatro y diez”, “Al alba”, “Te doy una canción”, “Qué hago ahora contigo”, he arañado mis sentimientos, y me he encontrado sentada en la habitación de R., en ese suelo antiguo de Velásquez, he olido las pinturas del cuarto de M., he notado el frío de su casa, la misma en la que conocí a O., importante en nuestras vidas.

He recordado esa preciosa plaza de toros de Las Ventas, las noches de conciertos y uno de mis sueños hecho realidad: cantar y escuchar “Ojalᔠal ritmo de la guitarra acompasada de Silvio, junto a dos de las personas más importantes de mi vida, R. y T.

Qué noche tan hermosa, noche de septiembre; fue en Madrid, en la época del año que más me gusta, ruido callado del silencio, esas noches estrelladas a las que les robaron las estrellas.

Gracias Aute por haberme hecho llorar de nostalgia y escribir a mis dos amigas, con palabras enfundadas en lágrimas. Gracias por devolverme a mi pasado.

El drama de Nueva Orleáns

Muchas palabras se han dicho y escrito ya sobre la enorme tragedia provocada por el huracán Katrina. No voy a ahondar más en ese tema, aunque eso me haga parecer una persona fría y superficial. No voy a justificarme.

El tema del que quería hablar es de la polémica en torno a la reconstrucción o no de Nueva Orleáns. Ciudad bella donde las haya, desaparecida en una noche, ahora puede que no vuelva a existir nunca más.

Y sólo pensar en que se acabaron todas esas imágenes que tengo de sus carnavales, de sus calles coloniales, me entristece.

Dice un experto que en quinientos años seguramente Nueva Orleáns (si es que se reconstruye finalmente) y los Países Bajos habrán desaparecido. Escalofriante. Recuerda también que Los Ángeles (construída sobre una falla) tendrá que sufrir el gran terremoto del que siempre se habla, aquel que acabe completamente con todo el glamour y la vida que tan acostumbrados estamos a ver.

Asusta pensar en ello. Pero supongo que es el precio que se paga cuando nos creemos superiores a la Naturaleza. No somos nadie, o quizás simplemente somos poca cosa…

“Papá, cuéntame otra vez”

“Papá, cuéntame otra vez”, de Ismael Serrano, en mis oídos. Afloran las lágrimas en mis ojos.
Todos mis sentidos reaccionan ante esta canción, y no es el mejor tema del mundo, pero me ha hecho viajar en el tiempo, de un modo muy especial, a una etapa muy especial.

Hará casi nueve años de aquellos momentos. Empezaba a trabajar en Radio Libertad, una pequeña emisora –denominada como “alegal”- cuyos estudios estaban situados en Chinchón, un precioso pueblo de Madrid, a unos cuantos kilómetros y una mala carretera del centro.

Con temor, con mucha ilusión, con esperanzas puestas en el futuro, cada sábado y domingo subía en el coche de J. para hacer un programa de radio. Un programa, “Al ritmo del deporte”, mezcla de música y deporte, pero fundamentalmente alojamiento para las risas y los buenos ratos.

Fueron muchas las personas que pasaron por aquellos estudios, muchos los sueños que surgieron al amparo de esas paredes acolchadas… y algunos crecieron, germinaron, triunfaron, como C.C., incapaz de decir una sola palabra sin leer durante su programa, pero brillando con luz propia desde hace años en TVE.

Recuerdo llamadas interminables de teléfono, y canciones larguísimas que nos permitían tiempo para esas llamadas. Bocatas, platos de ayer, platos del día, paseos por Chinchón muy recomendables, noches cerradas, nevadas que nos hicieron volver a casa…

Fueron tiempos hermosos. Tiempos que no volverán, y que extraño. He olvidado casi todos los nombres,de aquellos que me acompañaron entonces y eso me entristece un poco, pero he aprendido cosas que me servirán para siempre.

Al escuchar esa canción he pensado en mi padre, una vez más. Y me he vuelto a entristecer. Él se sentía tremendamente orgulloso. Sé que hoy seguiría estándolo, aunque por otras razones. Pero me mata no poder contárselo, me mata no poder verle los ojos llenos de lágrimas, como los míos estaban al escuchar “Papá, cuéntame otra vez”

Creo en la gente

Guiada por sus sabios consejos (los de él) me decidí a escribir un email.

Dejé salir todo lo que llevaba dentro. La sinceridad adornada de ruego.

No esperaba una respuesta tan rápida, ni mucho menos una contestación tan agradable.

Pero en este mundo aún quedan personas que en medio de su propia vorágine deciden tenderte una mano. Cuando no tienen necesidad, cuando ni siquiera te conocen, sólo porque son buenas personas, no cabe otra explicación.

No puedo hablar explícitamente. La experiencia me dice que no lo haga. Sólo puedo aventurarme a decir que esta semana pasada he vuelto a confiar en las personas, he escuchado palabras que me consuelan y me reconfortan, y he recibido el premio a muchos años de esfuerzo.

Aunque ahora todo quede en agua de borrajas: gracias por la ayuda, gracias por escucharme, gracias por devolverme la ilusión.

Déjame sola…

Pocas cosas comparables a la maravillosa sensación que me produce estar sola en casa.

Quizás un día cualquiera me daría igual, pero quedarme sola un fin de semana es algo mágico.

Periódicos a mansalva, la tele, libros en la mesa, tumbada en el sofá, el ordenador al lado, el móvil cerca. Todo preparado para no tener que levantarme en un rato.

La ventana abierta, la brisa entrando por ella, el ruido de los coches que no cesa ni los sábados, la luz única de esta ciudad.

Me dispongo a disfrutar de mi soledad, de mi espacio, de mi libertad. Y sabiendo que esta tarde esta soledad será acompañada, porque así es mejor aún.

Soy libre y dependiente, estoy feliz y sonriente.

La memoria y la escritura

Destacaba por mi gran memoria. Era capaz de recordar hasta el detalle más nimio. Cosas insustanciales, palabras ilógicas en una niña pequeña, datos sorprendentes, fechas relevantes.

Esa memoria prodigiosa me servía a la hora de hacer exámenes, a la hora de recordar tal o cual trabajo que debíamos hacer y el cumpleaños de cada uno de mis amigos y familiares.

Mis padres se apoyaban en ese don a la hora de hacer la compra (y no llevar lista de la ídem) o para nunca utilizar una agenda.

Sin embargo un día, igual que vino se fue.

Mi memoria pasó a ser sólo un extraño recuerdo del pasado.

Pudo ser la Selectividad, el exagerado uso que esos días hice de mi memoria para evitar estudiar como debería haberlo hecho. El caso es que algo se rompió y ella me abandonó.

Como sustituto sólo encontré una agenda, y otra, otra, otra más. Una cada año. Un lugar en el que apuntar cada hecho, cada cumpleaños y cada teléfono.

Ahora esa agenda viene completada con una libreta que siempre llevo conmigo. En ella encuentro anotaciones de lo más extravagantes. Desde el nombre de un jugador de baloncesto infantil que me sorprendió a el regalo posible para un amigo. Desde el nombre de una canción que me gustó y escuché en la radio mientras conducía a un tema que no quiero que se me olvide al hablar con alguien.

No sabría qué hacer sin esa libreta, la que ahora cambiaré por una preciosa que D. me trajo de Londres. Quiero llenarla ya de recuerdos, anotaciones, citas y obligaciones. ¿Hay algo que no debería olvidar?

Peligro de desaparición

Estoy bien.

Desaparecida por propia voluntad, ¿o la falta de tiempo no es voluntaria?

Tengo ganas de volver a escribir, pero la Feria, D., ordenar el piso y que pronto me vuelvo a Denia me impiden ponerme en marcha con los planes y obligaciones.

El tiempo nos ata, pero en ocasiones nos hace simplemente vivir sin preocuparnos por nada.

En septiembre llega el cambio. Desde Málaga, pero iniciaré una nueva etapa. Ya os iré contando. Una pequeña píldora: tan simple como empezar a buscar trabajo.

Pasadlo bien, sed felices.

Málaga

Málaga huele a Cartojal, a pinchito, a tintito, a chanquetes.

Huele a Feria.

Y me gusta.

Sensación de libertad máxima, de juego, de volver a la adolescencia, justo el día después de acercarme al límite de la treintena.

Sí, ayer fue mi cumpleaños. Llegué a Málaga, volví a verle, a sonreir, a ser yo.

Cumplí un año, pero cumplí felicidad... sobre todo eso, felicidad y amor.

La sonrisa del niño

Hoy por fin en mi casa hay silencio.

Tan sólo se escuchan los pasos de mi madre por las habitaciones, la televisión o la radio de fondo... y hasta mi respiración.

Después de diez días rodeada de mis tíos y N. (la pequeña prima de 3 años que me hace delirar, en lo bueno y en lo malo), hoy han tomado el camino de vuelta a Madrid, dejando un rastro de paz y nostalgia.

Sí, añoraré las sonrisas y los lloros de N., pero podré por fin continuar con la lectura de ese enorme libro al que sólo he pasado una página desde que llegué.

Nunca un libro fue tan deseado.

Viajando

Hay quien viaja en coche.

O en avión.

O en tren.

O en barco.

Quizás en metro.

Quizás en bus.

Yo viajo por teléfono. Buscando en un mapa cada lugar que él va recorriendo en coche.

Ya no puedo más, vuelve!!!

Breve, pero intenso...

Me quedan sólo tres minutos para que este mensaje se autodestruya...

Bueno, sólo quedan tres minutos (ya dos), para que la conexión en el ciber se acabe.

Estoy en Denia de vacaciones.

Estos días he tenido la suerte de compartir mi tiempo con D. (ahora en Inglaterra, viajando durante dos semanas), y con Nastrud y Ciclop, que nos hicieron el honor de visitarnos en Málaga. Por esa razón Málaga tuvo el honor de honrarles con su gastronomía. Tardaremos en olvidar las grandes comilonas que nos hemos metido para el cuerpo.

En fin, que no me enrrollo mucho: escribiré poco, pero volveré.

Felices vacaciones!!!