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El fin de los días grises

Mis monografías I. Mi madre

Mi madre es un ser único.

Casi todo hijo diría esas mismas palabras de su madre.

Detrás iría una enorme retahíla de adjetivos, calificativos unos, epítetos otros.
Adjetivos al fin y al cabo que pudieran expresar de algún modo cómo nosotros vemos a nuestra madre.

Sé que sería imposible mostrarla tal y como es a vuestros ojos.

Sólo tengo palabras para hacerlo. Me falta enseñaros mi mirada, abrir mi corazón y desnudarme como una niña ante los primeros miedos.

Una madre es un ser único… y la mía por supuesto que también.

Elisa es su nombre. El mismo que mi abuela. De ella ha heredado la tenacidad, la constancia, el sufrimiento, el amor incondicional por sus hijos y la lucha hasta la extenuación… y una cosa que me admira: el ingenio.

Mi abuela era capaz de sacar agua de un desierto, y mi madre es igual que ella en eso. De donde menos te lo esperas ella saca algo, lo que sea, lo que necesites. Es aguda, muy ingeniosa, como ya he dicho.

No sabe lo que es el aburrimiento. Ha sabido sacar partido a cada minuto de su vida, como si quisiera absorber todo lo que ese Dios en el que ella cree (aunque cada vez de forma menos ciega) le ha puesto por delante.

Mi madre es madrileña, castiza pura y dura, del Lavapiés más profundo, de aquel de las corralas y los vecinos como familia. Con el medio siglo superado de largo y las fuerzas para llegar al siglo entero.

Pasó en su largo peregrinar “gatuno” por Usera, y recayó finalmente en San Blas, donde más o menos se estableció, donde conoció con apenas 14 años a otro chulito madrileño que se convertiría en su acompañante eterno… hasta que la eternidad quiso.

Juntos ya se fueron a Aluche, a empezar a conocer las bonanzas económicas, progresar y formar una familia. Cuando nace mi hermano se toman un respiro, y 5 años después, deseada como nada, aparezco yo. A mis tres años nos mudamos a otro barrio, el definitivo por el momento, entre el Retiro y Moratalaz, entre la paz y el bullicio.

Vuelvo a mi madre. Trabaja en una juguetería, en otra, en las que haga falta para poder ayudar a su familia (siete hermanos, ella la segunda más mayor, un padre un poco golfo y mucha hambre, como correspondía a la época). Pasa también por alguna fábrica, donde sufre los castigos por parte de sus compañeras, mucho mayores y con más maldad.

Los tiempos que corren le impiden seguir haciendo lo que se le daba bastante bien: estudiar. Una gran espina que se le quedará clavada siempre.

Al casarse deja el trabajo, al que volverá cuando mi hermano y yo estemos ya criados. Entonces cambiará la vida de ama de casa por la de profesional liberal, montando con mi hermano un estudio de diseño gráfico. Sí, ahí donde la veis ( o la imagináis) mi madre aprende a usar un ordenador, una filmadora y demás elementos necesarios para el negocio. Se vuelve una empresaria, coge fuerzas y se dispone a comerse una nueva etapa de la vida.

En esos años felices la salud se burla de mi padre, y le detectan una enfermedad crónica que tiempo después supondrá la despedida definitiva.

Ahí es cuando mi madre empieza a comerse sus miedos, a callar, a llorar por las noches, a hacerse la fuerte. Un año, otro año, uno más, así hasta la decena.

Cuando las cosas parecían tornarse en positivas la suerte nos da la espalda, y una mala noche y peores médicos acaban con mi padre… y con los sueños de mi madre. Los sueños por compartir por fin esa jubilación tan anhelada, tan necesitada. Los sueños de huir a su Denia querida y afrontar allí los años felices, sin obligaciones de por medio, sin nervios ni presiones.

El destino le gana a mi madre esa partida, y ella, hundida pero no vencida, se promete remontar el vuelo, por mi hermano, por mí, por ella, y por el recuerdo de quien más la quiso y la querrá.

Llegamos a estos días inciertos.

Mi madre ha tardado en volver a sonreír, pero en ocasiones le descubro una mueca simpática, mezclada con el abatimiento, el cansancio, el cada día vivir por los demás.

Baila en un grupo formado con sus amigas, ayuda a la gente necesitada en una organización, acude a residencias de ancianos a actuar para darles luz a días oscuros.

Mi madre ha volcado su vida rota en ser mejor persona. Y lo ha conseguido. Y lo consigue.

Y cada día me da una lección de fuerza sobrehumana, de fe en el amor, de amistad y comprensión.

Podré criticarle muchas cosas, claro que sí, tiene muchos defectos, pero no utilizaré mi blog para ello. Porque sé que a las personas que queremos de verdad debemos verles lo bueno y lo malo, pero no hundirlas ante el resto.

Mi madre es especial, es única, me quiere, la adoro, y cada día que pasa la necesito más.

Me enseña, me da ganas de ser mejor yo también, me recuerda que ella y mi padre quisieron formar una familia, y aunque mi padre ya no está para seguir luchando por ello, ella sola se ha encargado de consolidarla aún más.

Por eso, y por muchas cosas más, mi madre merecía esta breve pincelada sobre un lienzo en blanco. El resto de colores ponedlos cada uno de vosotros con los recuerdos de vuestra madre. Merecen esto… y mucho más.

Gracias.

Mis monografías. Prólogo.

Comienzo hoy aquí algo que llevaba tiempo queriendo hacer.

Cuando la inconstancia me oprime, cuando los temas sobre los que escribir me parecen repetitivos, me refugio en lo que más me gusta en este mundo: las personas.

Pero el espectro es muy grande. No me gustan todas las personas, o tal vez sí, si las conociera, pero prefiero centrarme en aquellas que conozco, en aquellas que creo conocer bien.

Siempre me gustó observar a quienes me daban un poco de su tiempo, y a base de esa observación una ha acabado comprendiendo qué es lo que me gusta y lo que no me gusta de quienes quiero.

Sí, porque el secreto de querer a alguien creo que también estriba, o fundamentalmente estriba, en ser consciente de cuales son sus errores, sus defectos, admitirlos y tolerarlos.

Quiero empezar por tanto esta serie de monografías sobre las personas más importantes de mi vida. No tendrán un orden concreto, ni un tiempo determinado, simplemente me permito la licencia de avisar de que algún día sacaré de mí esa cajita que guardo con cada persona que quiero, con cada persona que me hace seguir viviendo… y no son tantas.

La primera será mi madre, y esa historia merece hacerla bien. Ella merece tratarla bien.

La lágrima justa

¿Qué es lo que lleva a una madre a hacer todo lo posible para que su hijo llore como una plañidera?

Se me abren los ojos como platos al observar en el típico programa de zapping cómo una niña llora y llora, tras recibir de su madre reproches o lo que sea. ¿El objetivo? Ganar un concurso.

Todavía tenemos que dar las gracias que al “ingenioso” promotor de dicho evento se le ocurriera que estaba prohibido utilizar la violencia. Faltaría más…

Desconozco el premio que obtendrá el ganador, pero me parece dantesco ver cómo la madre decía al oído de su niña de todo para conseguir que las lágrimas cayeran.

Al concluir, al conseguir que la niña llorara, la misma madre (sí, ese verdugo de lágrimas) le decía que habían ganado y la niña cambiaba sus lloros por sonrisas.

¿La niña es una gran actriz con sólo 3 ó 4 años? ¿O la madre es una enferma que por un premio es capaz de hacer que su hija sufra por unos minutos?

Estamos locos. Quizás ese programa sea algo así como “La lágrima justa”. Si lloras las lágrimas exactas ganas el premio, maldito premio, maldita madre.

Hermoso reencuentro

Qué gratificante es el reencuentro con los amigos, con los verdaderos amigos.

La distancia, las circunstancias e incluso la pereza hacen que a veces olvidemos que tenemos que cuidar las cosas, las personas y los sentimientos que realmente nos dan vida.

En esta ocasión hablo de P. y E., de Denia, de los recuerdos que nos acompañan cada vez que pisamos este rincón.

Hay gente que te llena el alma con su alegría, y un alma llena es un alma feliz.

Qué difícil resulta encontrar gente que te ponga la sonrisa en la boca, que te haga sentir especial. Yo en ellas tengo eso.

Echo la vista atrás y casi siempre sólo recuerdo momentos en los que la risa fue nuestra mejor amiga. Conversaciones caóticas, absurdas, filosóficas, irreales tal vez, pero conversaciones marcadas por un parámetro: en ellas siempre había vida, de hecho la vida es lo que nos mueve a vivir con más fuerza si cabe.

Por cierto, se atrevieron a intentar definirme con tres palabras, ahí quedó el invento:
- Borde.
- Intensa.
- Trascendental.

Si soy así, que podría ser, es gracias a personas como ellas. Y que conste que lo de “borde” es más una broma, un apelativo cariñoso, que algo que realmente piensen de mí. Yo las quiero, ellas a mí también, y siempre me lo han demostrado. Hermoso reencuentro.

Los Ángeles 84

Vine por primera vez a Denia en 1983.

Sin embargo mis primeros recuerdos concretos los guardo de 1984, cuando veraneé en la urbanización Los Ángeles, lo que me permitió en el mes de septiembre (glorioso mes de “vuelta al cole”) presumir delante de mis amigos de haber estado en Los Ángeles (juego de palabras obligado cuando había habido unas olimpiadas en dicha ciudad norteamericana justo ese verano, Los Ángeles 84).

Nos alojamos entonces en un bajo del bloque C, junto a la piscina, y no demasiado lejos tampoco de la playa. Recuerdo jugar ahí con mis clicks de Playmobil, ver la tele, comer, cenar, desayunar, llorar (porque siempre fui muy llorona). Recuerdo a mi madre, mi padre y mi hermano, y quizás a alguien más de mi familia, pero ese se difumina más.

Ya en ese momento conocí a M. y M., las gemelas. Dos hermanas que hasta hoy sigo viendo de vez en cuando por aquí, igual que a D., esa negrita recién adoptada por un matrimonio del pueblo que para nosotros era como la mascota.

Recuerdo a mucha gente de esa época, personas que han ido pasando y muchas otras que se han quedado. Porque Denia, porque esta urbanización, pese a todos sus problemas, era como un “Aquí no hay quien viva”. Mucho jaleo, muchas críticas, muchos cotilleos, pero al final nos sentíamos todos como una familia.

En el fondo mis veranos aquí eran una mezcla de esa serie y de otro gran programa basura, el programa basura entre todos: Gran Hermano.

Aquí convivías casi 16 horas diarias con los niños de tu edad. He aprendido a jugar a las cartas, he conocido ciertos grupos de música, jugado al fútbol, al volley-playa, al tenis, al escondite, empezado a entender los sentimientos más sinceros.

Me enamoré de los atardeceres de Denia, de la sensación de tumbarse en la orilla del mar escuchando música y escribiendo cartas. Adoro su silencio, añoro nuestros gritos infantiles.

Cuando me pongo a hablar de Denia podría no parar durante días. Y por eso, cuando me reencuentro con algunos de los que pasamos esos instantes no podemos parar de echar la vista atrás.

Éramos más jóvenes, éramos inocentes, éramos ingenuos, y ahora nos queda nuestro corazón lleno de emociones, y mil discos de recuerdos. Gracias a este pueblo, gracias a todos ellos.

In-dependencia

Una tarde-noche en cualquier terraza de cualquier ciudad.

Un grupo de amigos habla, ríe, interroga, asiente, calla. Sobre la mesa varios vasos vacíos, algunos a medias.

X. no está involucrada como siempre. Sonríe con gran esfuerzo, está pensativa, callada, tristona.

Y. no está. Tenía otros planes, su vida, sus amigos, su entretenimiento al margen de ella.

Es una historia ficticia, y sin embargo quien más y quien menos vive un caso similar de cerca.

Hay parejas que no saben estar el uno sin el otro. Que cuando la distancia se interpone, ellos en lugar de adquirir una personalidad propia se ocultan tras el recuerdo y la ausencia del amado.

Dependencia-independencia.

Hablaba el otro día con A. de lo fácil que es decir, presumir, que puedes estar perfectamente sin tu pareja, y sin embargo a la hora de la verdad, cuando nos vemos solos nos hundimos sin remedio, como un barco a la deriva.

Es fácil presumir de independencia, un bien preciado y que queda de maravilla ante el resto: “sí, es que yo soy muy independiente”.

Pues yo siempre he sido muy independiente, la verdad, y sin embargo a día de hoy no envidio mi antigua independencia sino que me aferro a mi dependencia. No me queda otro remedio, sin la gente a la que quiero soy menos que cero.

Ciudadano A

Podría ser que ya hubiera escrito aquí esta canción.

Podría ser.

Podría ser que me importara poco, porque hoy la vuelvo a escuchar y me llena de nuevo el alma.

Y me da fuerzas por si las necesitaba.

Os dejo con él, de nuevo Iván Ferreiro. Denostado por muchos (sobre todo por su extraña y compleja voz poco agradable), admirado por otros tantos (M., O., esto va por vosotros).

Iván Ferreiro y su Ciudadano A:

"No suelo pensar que los demás teman por mi a lo mejor supones
Que soy un animal lo mas silvestre que esta “piedra me enojó el día
Que yo vi lo miserable que podía ser lo miserable

No suelo pensar que los demás me entienden ni un momento
Y una vez que empiezo a hablar mis vomitonas me convierten en un descarado

Si tienes razón es complicado mantener el tipo en cualquier situación
Ya ves yo sobrevivo a base de basura y desencuentro
No podrás decir que no te dije lo que había un día en su momento
Mírate bien que estas inflado de mediocridad

No suelo decir lo repugnante q resulta veros en la tele
Haciendo bailar los numeritos en las tablas vuestras putas casas
Son de verdad, y a mí me da que todo es de mentira

Vi como una vez cambiabas todo en el telediario
Vi a todos llorar es imposible contenerme ahora no consigo
Vi a tu mujer como besaba a todas en Madrid en la calles
Y a ti en Berlín vendiendo Europa a los americanos

…vendiendo Europa a los americanos…

Todo lo que nunca tendré
Todo lo que nunca tendré
Todo lo que nunca tendré

….vendiendo Europa a los americanos…
….vendiendo ropa a los americanos…"

Caras nuevas

¿Cómo un grupo que se llama La Vela Puerca puede sonar tan bien?

“La escoba” es la canción que suena en mis oídos. Tengo los auriculares puestos. Es de noche, en Telecinco comienza Crónicas Marcianas (la última semana de este programa, referente de antes, basura de ahora), en Canal Sur pronto lo hará una gran serie, “Nip / Tuck”, sobre la vida de un par de cirujanos plásticos. Muy brillante.

Tenía grandes ideas en mi cabeza, mil cosas sobre las que escribir, pero la alegría me borra de un plumazo la inspiración. Con la felicidad se esconde el amago de escritora que un día fui, la melancolía es mi musa, la tristeza crea mis palabras.

Así que poco que escribir, mucha alegría que contagiar.

Conocí ayer por fin a H., bueno, más bien puse ojos y oídos a alguien a quien ya le había puesto corazón. Magnífica noche. Noche de amigos, vino y fondue. Noche madrileña, noche de terraza.

Extraño Madrid, debo estar más loca de lo que siempre supe.

Para siempre Madrid

... y Londres, porque este artículo lo había escrito justo nada más conocer la eliminación de Madrid en la lucha por los JJ.OO., antes de conocer quién iba a ser la ciudad elegida, y por supuesto antes de que la barbarie asolara la ciudad inglesa, recordándonos que la tragedia no tiene nacionalidad ni color.
Lo que ayer era fiesta hoy es tragedia... un abrazo para todos.

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Toda la mañana pegada al televisor, varios días expectante ante las noticias que se sucedían, meses e incluso años soñando con ello: Madrid 2012.

El sueño se acabó.

Más que nunca me siento desesperanzada. No puedo seguir creyendo en un movimiento olímpico que no alimenta las ilusiones, sino los bolsillos.

No digo que lo mereciéramos más que nadie, pero creo que sí que Madrid se merecía más que Londres o París un acontecimiento como este. Por dos razones fundamentales: porque nunca había albergado unos Juegos Olímpicos (cosa que sí había ocurrido en las otras dos ciudades rivales), y sobre todo porque contaba, cuenta y contará con el apoyo popular.

La ilusión por estos Juegos Olímpicos se palpaba en cada rincón de mi ciudad, pero ahora he dejado de creer. Sé que no estoy siendo justa ni reflexiva, que me dejo llevar por mis sentimientos, pues claro, soy de Madrid, y a mucha honra. Es mi ciudad, y seguirá siendo para mí el lugar al que quiero volver.

Me gusta Madrid, quiero a esa ciudad “invisible”, como dijo Sabina, y creía, confiaba, que se nos iba a dar la oportunidad de crecer más aún.

Pero no, una vez más todo se quedará donde estaba, y serán los de siempre los que disfruten de algo que ni les va ni les viene. Claro, así va el mundo.

Felicidades a Londres, gran sorpresa, sin duda.

El tren de la vida

Una sabe cuando las cosas han empezado a cambiar. Quizás no el momento, pero sí sabe que ya no son como eran antes.

Una temía ese momento toda la vida, pero no sabía que llegaría. Temes también al hombre del saco, pero nunca llega. Temes a muchas cosas y nunca suceden.

Siempre temí que me acabaría distanciando. Nunca pensé que realmente eso llegaría a ocurrir. Quizás en lo más hondo de mi corazón y de mi mente pensaba en ello como si ese fuera el antídoto perfecto para evitarlo.

Pero lo noté, sentí que mis palabras ya no importaban como antes, y que cada cosa que decía era recibida con un leve asentimiento de la cabeza, mientras las ideas de ese interlocutor viajaban hacia otro lado. Y dolió, pero me conformaba pensando una vez más que son etapas. Que con las personas que más queremos también tenemos nuestros momentos, unos mejores y a veces unos peores (y dentro de esos peores también momentos malos).

No es el caso, no es un momento malo. Sólo tengo miedo. Miedo a que se haya roto la cuerda, y que finalmente las circunstancias nos hayan separado en la vida.

No es por ti, no es por mí, está escrito para ti, y también para ti.

Alguien se empeñó en meter nuestras vidas en una vía de tren. Una vía circular. Con distintas estaciones. La recorremos de principio a fin varias veces. Unos más rápido, otros más despacio, con parsimonia. Pero al concluir nuestras vidas casi todos habremos pasado por las mismas. El inicio de una amistad, el amor, los estudios, el trabajo, la familia, las despedidas, las rupturas, los adioses definitivos, los nuevos componentes de la familia. Poned las estaciones que queráis. Me apuesto lo que sea a que al final todos pasaremos por ellas.

Yo estoy en la Estación del Miedo, pero la siguiente que viene es la Estación Esperanza, donde me esperan de nuevo sus brazos (los de él, los de ella, los vuestros, los de aquellos) para reconfortarme y llevarme a mejor destino… a seguir dando vueltas en este tren de la vida.

No admito regalos

El Barrio de Salamanca en Madrid forma parte del escenario de mis andanzas, en un tiempo pasado, no tan pretérito como podría parecer.

Durante años, por uno u otro motivo ha sido el lugar en el que más tiempo he pasado, donde he vivido instantes inolvidables de toda índole, donde he mantenido conversaciones mágicas, he dado paseos que siempre recordaré, me he sentado en un banco a reflexionar sobre el futuro, o simplemente donde he ido a trabajar.

Plaza de Colón. Parada de autobús. Sin destino recordado. Con R.
Supongo que el silencio nos atrapó en un momento dado. Había sol esa tarde, y sin venir a cuento solté la pregunta: “R., ¿cuál es tu sueño?”

El silencio nos caza de nuevo, es despiadado. Y en esa lucha por hablar se interponen las miradas, esa media sonrisa, la duda… no hubo respuesta concreta. Era una pregunta difícil, con una contestación utópica.

Yo tengo un sueño, al margen de todos aquellos que siempre tenemos la mayoría (salud, amor y trabajo), y es que el día de mañana no haya pasado por esta vida sin más. Es decir, que la gente me recuerde. No me refiero a cualquier persona a la que he conocido en un bar, o en el trabajo, sino a la gente con la que he compartido algo. Que pese a que nuestras vidas no hayan vuelto a cruzarse desde una lejana tarde veraniega, esa persona un día le hable a alguien sobre mí.

Como sueño más cercano y terrenal quizás tenga el equilibrar mi vida.

Estoy en un buen punto. Me falta iniciar mi búsqueda de un trabajo y aparcar los miedos a las separaciones definitivas, pero sé que voy a lograrlo. Lo bonito de los sueños es luchar. Luchar siempre me ha parecido algo maravilloso. No quiero que me regalen la vida, quiero luchar yo por ella.

El profeta

20 de mayo de 2005. El Madrid gana el primer partido de los playoffs al DKV Joventut, y mi hermano, cerca de las diez de la noche, me envía un mensaje al móvil anunciándome lo siguiente: “Hemos ganado el primero! La liga ya es nuestra!”. Me reí al leerlo, y decidí que debía guardar ese mensaje, por encima de todo, hasta el final de nuestra andadura, que yo presumía antes de lo que ha sido.

Porque esta noche, cuando aún no eran las nueve de la noche, Herreros se ha vestido de protagonista y ha querido ser el hombre que pasara a la historia del Madrid por meter el triple final, a falta de 6 segundos. El partido ha sido mucho más que eso, sería difícil de explicar.

El encuentro ha sido una sucesión de gritos, alegría, desesperación, ausencia de fe, angustia, para finalmente terminar de pie en la cama, chillando sin cesar y llorando abrazada a D., el merengue de nuevo cuño :P.

Pero es que el día entero ha sido una celebración, que ha empezado con el soñado ascenso del Madrid B a segunda, después de 8 años en el pozo de 2ª B, y ha concluído con una nueva liga para las vitrinas del Madrid de baloncesto.

Gracias niños, gracias Herreros, gracias a todos los que componen ambas plantillas, porque el deporte de nuevo me ha regalado un día mágico, inolvidable, lleno de emociones. Gracias.

Más que nunca: paranoias

Un día pasa, y no tienes ganas de contar nada, quizás porque no tienes nada que contar.

Quizás porque todo sea demasiado personal.

Tal vez porque prefieres guardarte todo para ti misma.

Y eso no es ni bueno ni malo, simplemente es así.

Salgo, me quedo en casa, duermo, veo la tele, juego al ordenador, escucho música (enganchada a “La tortura”, Shakira y Alejandro Sanz mandan en mi cabeza), veo a D., alguna vez a M., me centro en mi propia estabilidad.

Leo periódicos, me informo de lo que pasa en el mundo, me acuerdo de quienes formaban el mío.

Falsifico acreditaciones, sueño con aventuras extraordinarias, alucino con series de televisión que tengo grabadas, me abstraigo de todo y todos.

Lloro, sonrío mucho, río en ocasiones, me emociono con Operación Triunfo, sufro con el Madrid de basket como nunca, ansío el ascenso del Madrid B por fin, añoro Madrid, me encanta Málaga y necesito Denia.

Aspiro a una vida distinta a la marcada por la sociedad, como el otro día hablaba con M. en la playa, me acerco a mi objetivo y me siento una incomprendida.

Fey canta canciones de un grupo del que siempre renegué, el aire acondicionado puesto a 17º (también lo rechacé durante toda mi vida), la televisión sigue apagada, el libro cerrado y la fregona en una esquina del salón. De esta casa que es mía en días como este, y compartida entre semana.

Riego plantas de otra persona y como comida que no me sale bien. Paso noches de San Juan en la cocina de un ‘hostel’, fumando alegría y sedienta de zumo de frutas del bosque, escuchando hablar en inglés y rememorando historias del pasado.

Hago la compra aunque la nevera no se vacíe, me entristezco aunque no tenga razones y me siento orgullosa de mí misma.

Pido comida italiana para una noche de velas, friego los cacharros, saco la basura, me prometo arreglar las patas de la cama.

Descorro las cortinas para que entre aire, las cierro para que no pegue el sol, pongo los pies sobre la mesa, el portátil encima de mis piernas, y escribo estas líneas.

Porque tenía que hacerlo, porque no me gusta abandonar el barco.

La vida y sus pequeños momentos. La gente y sus silencios. Los amigos y sus llamadas. Mi madre y su playa. Mi hermano y su sierra. El deporte y mis emociones. Mi novio y mi felicidad. El portátil y el blog.

Como la hoz y el martillo, como el sol y la luna, como la sal y la pimienta, como el frío y el calor.

Todo está unido, todo tiene su álter ego, o todo es lo mismo.

O yo ya no sé lo que es…

Los días pasan

El tiempo pasa, nos hacemos viejos, nos creemos mejores, más listos, más guapos, más brillantes, más inteligentes.

El tiempo pasa y somos cada día menos ingenuos, menos bondadosos, menos inocentes, menos felices.

El tiempo pasa y las horas van borrando nuestras sonrisas, nuestras trastadas, nuestros chistes, nuestras bromas, nuestros abrazos.

Que el tiempo pase y nada me aleje de ti.

Que el tiempo pase y siempre volvamos.

El tiempo pasa.

Somos levedad

Manolo García decía acertadamente en una de sus canciones que “somos levedad”. Y tanto que lo somos.

Acudo a mi blog consternada, sí. Consternada porque he visto la muerte de cerca, y sobre todo el dolor, la tristeza, la desesperanza… y el morbo.

Bajaba a mi coche, junto con D., poco más de las 10 de la noche, una noche calurosa. Íbamos felices, mañana celebramos un día especial. Y de golpe y plumazo esa alegría se ha borrado. Eso es lo de menos. Mi alegría, nuestra felicidad o no, es absurda, hasta superficial, en un momento como este.

Debajo de mi casa hay un gimnasio, y casualmente he aparcado enfrente de el. Al llegar al coche comprobamos que la calle está cortada, y nos es imposible salir, ni hacia delante ni hacia atrás. Coches y motos de policía, una ambulancia reculando y un coche funerario. El resto es hacer volar la imaginación. Quizás especular demasiado.

He visto tíos hechos y derechos llorando como niños, mujeres abrazadas llorando desconsoladas, personas con la mirada perdida, un cadáver de un joven, y decenas de morbosos asistiendo a este luctuoso hecho como si de la última película de Tarantino se tratara.

Hubiera pagado por no verlo. De hecho he pedido a un policía que me dejaran salir marcha atrás, pero mi coche estaba demasiado cerca del coche funerario, todo demasiado irreal, demasiado tétrico, demasiado dramático.

Somos levedad, demasiada levedad, y yo ahora soy sólo un muñeco sin alma.

P.D.: Carol, siempre estaré a tu lado, aunque me pierda, que sabes que lo hago, pero estoy, estamos, somos tus amigos, en lo bueno, y fundamentalmente en lo malo.

Por cierto, y para cambiar el tono del post: irónicamente hoy veía por primera vez una serie que me ha parecido maravillosa: “Tan muertos como yo”: Hay que ver, nos reímos con la muerte, jugamos con ella… ella nos da toda la vida de ventaja.

¿Y dónde...?

¿Y dónde estarás mañana al despertar?

¿Y dónde estoy hoy? Espacio y tiempo, variables que nos determinan la vida mucho más de lo que deberían hacerlo.

Hoy estoy aquí, y hasta ayer estaba bien. Pero ayer estaba en otro lugar y allí estaba mal.

¿Dónde estaré mañana? ¿Con quién? Y sobre todo, quizás lo más importante, ¿para qué estaré dónde y con quien?

Tranquilos, estoy bien, simplemente de vez en cuando me da por pensar estas cosas.

Me hago preguntas, pero creo tener claras las respuestas.

Con mil ideas por banda

He pasado de no tolerar a Mecano a escuchar sus canciones versionadas por una tal Fey, mexicana para más señas, si no me equivoco… que todo puede ser.

No tengo hijos, y a día de hoy tenerlos o no se me antoja como una decisión demasiado importante, el egoísmo me puede.

Sí tengo primos pequeños, amigos con hijos, primos con hijos, y amigos profesores.
A esto le uno el torrente de informaciones acerca de los niños que llegan cada día a mis oídos y mis ojos.

Mi amiga S., profesora luchadora como pocas, me cuenta sus batallitas cada vez que nos vemos. ¡¡¡Y cómo disfruto!!! Bueno, disfruto escuchándola, y porque luego surgen debates interesantísimos, pero no disfruto en sí con lo que me cuenta. De hecho es bastante triste. Niños completamente indisciplinados, maleducados, sin interés por nada, sin ganas de aprender y muchas menos ganas aun por escuchar.
No respetan al profesor, al director, ni mucho menos a sus compañeros, quizás porque desde pequeños no les enseñaron a respetar a sus padres.

Es posible, claro, que algunos casos se deban a la propia hiperactividad del niño, pero me cuesta creer que no sean los padres los primeros y principales culpables de su desidia y desprecio hacia el resto.

Yo jamás insulté a mis padres. Nunca se me ocurrió irme cuando me estaban echando una charla. Ni siquiera era capaz de mentir en cosas realmente importantes. Más de una bronca me he llevado por levantarme en restaurantes al querer irme a jugar con otros niños que por ahí pululaban. Mis padres me enseñaron que mientras se comía no debías levantarte, y mucho menos molestar a personas ajenas a nosotros, personas que pretendían comer tranquilamente. Ahora es ciertamente raro, muy raro, ver a un niño sentado en la mesa con sus padres. En cuanto el niño pone una mala cara los padres prefieren “librarse” del tormento que será oír sus llantos, así que mejor que se vayan a joder al de la mesa de al lado.

Bueno, como veis soy muy intolerante con ciertas cosas. Me encantan los niños, tengo muy buena mano con ellos. Los que me sacan de quicio son los padres, no soporto que no sean capaces de educar a sus hijos, repito: SUS hijos, no los míos.

Cuando llegue mi momento seguro que me equivocaré, y no sabré educarles como debería, pero hasta entonces creo que tengo derecho a quejarme de esos padres que piensan que tener un hijo es como comprarse un coche: un capricho que pagas año tras año. Si cuidas el coche, si prohibes fumar en él, ¿cómo dejas que tu hijo haga de todo?

Un año más, sin venir a cuento

En mi línea de ser una persona algo atípica (rara, según el idioma más habitual) me emociono una vez más al escuchar “Un año más”, de Mecano (sí, sigo escuchando Fey y sus versiones).

No falla, esta canción consigue meterme en el cuerpo un extraño mal rollo. Digamos que siempre, sin excepción, la Nochevieja me pone increíblemente nerviosa. Y oyendo por enésima vez esta canción vuelvo a recordar tantas y tantas Nocheviejas. Con la familia de mi padre, con la de mi madre, con R. y H. en un cortijo de Jaén, con S., Ch. y M. en el Penta, algunas insulsas, otras tristes, muchas divertidas.

Y puede que la mejor haya sido la de este año, por sencilla, por tranquila, por la compañía… y porque parece que voy aprendiendo a distinguir los días importantes de los que no lo son.

En fin, que siento mucho este post tan intempestivo, pero me ha venido la neura “nocheviejera”. ¿A vosotros os gusta o, como a mí, os produce una extraña desazón? ¿Una mezcla de alegría ficticia y tristeza encubierta?

Mi isla desierta

La mejor compañía, aquella que supiera compartir a partes iguales mis silencios y mis ansias de hablar, mis risas y mis desacompasadas lágrimas, mis gritos y mis susurros.

Un puñado de libros: algún best seller de literatura infumable, muchas páginas y algo de entretenimiento; un clásico, quizás el Quijote; la “Antología poética” de Benedetti; algún libro de relatos cortos, a ser posible dedicado por R., sí, me refiero a aquel libro de Quim Monzó que me fascinó.

Fotos, muchas fotos, guardadas en una cajita, con miles de recuerdos que saldrían volando al abrirla.

Y “Sin documentos” de Los Rodríguez, porque en mi pregunta absurda, lanzada al aire sólo se puede elegir una canción, se siente.

¿Qué os llevaríais a una isla desierta, pues? Ya sabéis, las respuestas deben ser así: persona, títulos de libros, objeto o fetiche, y una sola canción.

P.D.: Vale, no me engaño, la persona es D., ¿quién si no?

Si diez años después...

Este artículo salió publicado en la revista Ualä, de Alicante. Ya hablé de él hace meses, aquí lo tengo por fin.
Espero que os guste. Besitossssssssssss

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Si diez años después...

... te vuelvo a encontrar en algún lugar. Así cantaban Los Rodríguez, aunque detrás de esa frase se escondía una canción de amor, y en mi reflexión amor hay más bien poco.
El martes al mediodía salí feliz del trabajo, tocaba comer en casa y olvidar las obligaciones laborales durante el resto del día. Al llegar al buzón me sorprende una carta de la Asociación de Antiguos Alumnos de mi instituto, vaya, un lugar en el que tan sólo estuve un año, C.O.U., pero mi instituto al fin y al cabo. La abro, sin saber a las claras qué podría haber dentro, pero con la tensión propia de esos casos. Mil ideas cruzaron por mi cabeza, tengo la costumbre de pensar mucho y muy rápido, así que imaginé todo lo imaginable, bueno no, lo que no me imaginé es justo lo que encontré.
Un jarro de agua fría, un shock, un palo, un golpe seco en la boca del estómago, una noticia que me obligó a sentarme para no caerme al suelo.
Dicen que el tiempo pasa rápido, que en ocasiones olvidamos lo efímero de lo vivido, tachamos fechas en el calendario, sin darnos cuenta de que crecimos, que dejamos de ser esos adolescentes soñadores, utópicos e inconscientes, para pasar a ser esos adultos soñadores, utópicos e inconscientes que no han madurado ni quieren hacerlo.
Ese es mi caso, el mito de Peter Pan, las pocas ganas de poner seriedad a la vida, la necesidad de seguir jugando... así que cuando abrí el sobre y ví que ya hacía diez años, mejor dicho ¡diez años!, desde que dejé el instituto camino de la Universidad, se me cayó el alma a los pies. Qué razón había en esas palabras: “creíamos que nos íbamos a comer el mundo, ni siquiera conocíamos los móviles ni a Boris Izaguirre”. Han pasado diez años desde que estudié ahí, creyendo, confiando, en que mi elección universitaria sería la correcta. Sí, puede que eso no lo eligiera mal, porque hice lo que quería hacer desde que tenía uso de razón, pero la vida me ha dirigido a mí, no yo a ella. Y en diez años han pasado tantas cosas que podría hacerme pasar por una “abuela cebolleta” y empezar a contar anécdota tras anécdota, con el consiguiente bostezo de los más jóvenes, que ya me llaman incluso de usted. Me he hecho mayor y no me he dado cuenta. Madurar es otra cosa, pero crecer he crecido. Han pasado diez años, gobiernos distintos, escándalos, guerras, atentados, victorias y derrotas deportivas, miles de películas, series de televisión, televisión basura, conciertos de música, bodas, bautizos, comuniones, entierros, viajes, aventuras, amores, odios. Diez años son muchos años, porque pensándolo bien, ¿qué hacíamos un día como hoy de hace diez años? Ni móviles, ni DVD’s, ni internet, ni todos esos avances tecnológicos que son ahora como el pan nuestro de cada día.